Investigación / A Profundidad


news

El eufemismo en los medios De lo políticamente correcto al encubrimiento de la transgresión


Juventina Bahena 

El lenguaje como abstracción social es una construcción colectiva basada en un sistema de signos y símbolos, convencional y compartido, que permite la comunicación, el pensamiento conceptual y la estructuración de la realidad entre los miembros de una sociedad.

Mediante el lenguaje interpretamos, simplificamos el mundo, entendemos ideas complejas y hacemos una representación simplificada de algún fenómeno para acercarnos al conocimiento de la realidad, sea parcial o de un pequeño segmento. 

Cuando la realidad se vuelve objeto de estudio, el acercamiento a un segmento de ella con un determinado enfoque, el conocimiento se valida científicamente. Para el ciudadano común, el acercamiento está determinado por su capacidad de abstracción según su horizonte de conocimiento y comprensión con base entre nuestro propio marco de experiencias y bagaje cultural, su contexto social e histórico proveniente de su posición en el mundo, es decir, sus pre-juicios, que afectarán su manera de aprehender el conocimiento, según Hans-Georg Gadamer.

Hay quien habla todavía de objetividad en el acercamiento a la realidad, que deberá abordarse sin prejuicios y despojarnos de creencias, lo cual resulta imposible en el mundo fáctico, ya que esos dos factores son constitutivos de nuestra estructura de pensamiento.

Además de estas condiciones preexistentes, se interpone una especie de mundo virtual que nos aleja de la realidad, que guía nuestro comportamiento, que nos inocula de valores ajenos y asumimos como propios, que dicta sus normas blindadas con un escudo de inevitabilidad, e inclusive se reverencia como un tótem sagrado: la ideología.

 Los medios de comunicación actúan frecuentemente como cajas de resonancia de la ideología; ese sistema de ideas, valores, creencias que se difunden como verdades absolutas estructuradas mediante mensajes que se amplifican, repiten y refuerzan reiterados machaconamente. Con esos valores se pastorea la opinión pública sobre una postura política o cultural específica, y eso implica encubrir, suavizar y mentir sobre un acontecimiento.

Difunden una versión falsificada, sesgada, encubridora, con ropajes de veracidad sobre un hecho trascedente para persuadir, manipular las conciencias con mensajes afines a ideologías dominantes como la neoliberal. Sin pensamiento crítica no hay dudas ni interpretación de hechos complejos. Y la herramienta lingüística utilizada por los medios es el eufemismo.

El eufemismo, un recurso moralizante de las “buenas conciencias”      

  El eufemismo se utiliza prácticamente desde que existe la comunicación masiva, en principio formalizados por las “buenas conciencias” y como un marco moralizante dictado por las casas editoriales para no escandalizar a sus lectores con el uso de vocablos altisonantes o referencias a la sexualidad. En política se utilizó para manipular la percepción pública, buscando evitar reacciones negativas o minimizar el impacto de decisiones de gobierno contrarias al derecho, la justicia y el bien común. 

Así, por ejemplo, se desactiva una acción bélica al neutralizar el lenguaje con el uso de términos como "intervención" para invasión o "persuasión" para tortura. De esta manera se da un sesgo a la información, encubriendo realidades por términos “políticamente correctos”.

Las redacciones nos venden el uso de este recurso verbal como un asunto de decoro periodístico al recurrir a formas más “elegantes” de nombrar aquello que aun cuando existe en la realidad, parece burdo e incorrecto, permeado por el prejuicio, como las alusiones a la sexualidad, como vagina o pene.

José Arlex Arias Arias escribe que los neoliberales, para materializar su plan de concentrar la riqueza en pocos potentados, necesitan mostrar un país virtual, así existan millones de desarrapados que aguantan hambre o se ejerza todo tipo de violencia. Ello implica la necesidad de tener unos medios de comunicación a su servicio [...] que serán convertidos en las correas de transmisión de los planes estratégicos gubernamentales y de sus dueños.

También hace hincapié en cómo se sujeta al periodista, si no es que lo amordaza, o “por lo menos lo obliga a la autocensura, sin comentar la violencia en contra de quien ose ejercer su libertad de expresión. Así se consolidan los monopolios de la comunicación, que mediante la seducción y la manipulación ejercen tal grado de alienación en la población que son capaces de hacerlos sentir ‘los más felices del mundo’ en medio de la miseria, pobreza, destrucción del aparato productivo”.

Según Arias, lo hacen mediante el lenguaje eufemístico, “que no es otra cosa que la capacidad de engaño. Se acude a él para evadir o evitar hacernos conscientes de una realidad cruda o desagradable, y contener la reacción de las masas”. Y da algunos ejemplos: neutralizar: matar; daño colateral: víctima civil; múltiple homicidio: masacre; intervención: invasión; persuasión: tortura; fuerza de distensión: represión.

Los eufemismos son nociones adulteradas que tienden a edulcorar la realidad y a favorecer a los más diversos intereses y parte de esa responsabilidad corresponde a los comunicadores. Los periodistas, por cautela o temor ante los posibles reclamos de sus “fuentes”, usan términos inventados por políticos, economistas, empresarios y dan por objetiva la literalidad de las declaraciones, la fidelidad de las citas, aun cuando se trata de antífrasis. Por ejemplo, “Pacificación” por “represión’” cuando se habla de un “ejército de pacificación”. Pues en tiempos de paz, el ejército no actúa militarmente. El término “ablación” que mitifica la crueldad de la práctica de mutilar el clítoris; el “campo de batalla” transformado en “teatro de operaciones’”.

Últimamente, el tratamiento periodístico de las declaraciones y acciones de Donald Trump ha sido objeto de debate, especialmente en relación con el uso de un lenguaje eufemístico para describir lo que, en muchos casos, son declaraciones engañosas, todo para tratar de normalizar ciertas conductas.

Con relación a los acontecimientos de principios de enero de 2026 relacionados con Nicolás Maduro, los medios de comunicación internacionales, dependiendo de la línea editorial, han empleado términos que minimizan la naturaleza ilegal y el uso de la violencia, la injerencia y la agresión. Por ejemplo, el uso del término “captura“ y “extracción” en lugar de secuestro, para darle a un acto criminal un matiz de legalidad.

 También se utilizaron los términos aprehendido o detención como actos judiciales en contra de criminales con los que se intentó disfrazar el hecho de secuestrar a un presidente de una nación soberana.

Alejandro Agostinelli refiere un texto de Raúl J. López, donde menciona que la BBC prohibió a sus periodistas utilizar la palabra “secuestro” para describir el secuestro de Maduro. Añade que “A sus invasiones, la derecha las llama “intervenciones” (o, con más cinismo, “guerras preventivas”); a los países capitalistas, “el mundo libre”. Al gobierno de un país socialista o del Este se lo denomina “régimen”; a sus gobernantes, “burócratas” o “jerarcas”, y a sus empresarios, “oligarcas”; a los combatientes nacionalistas, “terroristas”. Cuando la oposición violenta es de derecha, es “disidente”; si es de izquierda, “subversiva”. Agostinelli es lapidario cuando señala que “Quien nombra, ordena el mundo; quien repite, consigue que parezca natural; y quien no se lo cuestiona, se embrutece.”

 En México, los medios alineados con la política neoliberal imperialista replicaron los mismos eufemismos con los que se refirieron a esos acontecimientos. Añadieron frases emotivas de júbilo por ello. Y a la víctima como “dictador”, sin dimensionar la gravedad de los hechos y sus consecuencias en el mundo, principalmente en América Latina.

Los medios masivos en México, salvo algunas excepciones, mienten con descaro y se suman al riesgo externo que se cierne sobre México. No parecen de comunicación sino de propaganda. Sin eufemismos. Fuera máscaras.


Notas relacionadas