Por Harumi Moreno Flores
La Fuerza Aérea Mexicana (FAM) es uno de los pilares estratégicos del Estado en materia de defensa, soberanía y auxilio a la población. Su origen se remonta a los primeros años del siglo XX consolidándose con la participación de México en la Segunda Guerra Mundial, a través de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana y el Escuadrón Aéreo 201.
El nacimiento de la aviación militar mexicana fue el 5 de febrero de 1915, cuando el entonces Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, expidió el decreto de creación del Arma de Aviación Militar, convencido del valor estratégico del empleo aéreo en campaña.
Desde entonces, México comenzó a sentar las bases de una fuerza aérea organizada, en un contexto en el que la aviación apenas daba sus primeros pasos a nivel mundial.
A principios del siglo pasado, militares visionarios impulsaron el estudio del uso de globos, dirigibles y aeronaves más pesadas que el aire. Paralelamente, pioneros mexicanos como Juan Guillermo Villasana López y Eduardo Aldasoro Suárez desarrollaron prototipos con motores de automóvil y estructuras de madera y metal, contribuyendo al avance del conocimiento en diseño, aerodinámica, balance y propulsión, elementos esenciales para el desarrollo de la aviación nacional.
Décadas más tarde, la Fuerza Aérea Mexicana viviría uno de los episodios más relevantes de su historia durante la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto, el presidente Manuel Ávila Camacho expresó el “compromiso moral de coadyuvar al triunfo común contra las dictaduras nazi-fascistas”, postura que llevó a México a participar activa
mente en el conflicto bélico. La decisión de enviar tropas al Pacífico respondió tanto a la defensa del honor nacional como a la promoción de los valores de libertad y respeto entre las naciones.
La Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana fue integrada por cerca de 300 elementos, seleccionados entre pilotos y mecánicos de la Fuerza Aérea, personal del Estado Mayor, del Cuerpo Médico, de comunicaciones del Ejército y civiles habilitados como armeros. El contingente quedó bajo el mando del coronel piloto aviador Antonio Cárdenas Rodríguez, mientras que el Escuadrón Aéreo 201 fue comandado por el capitán primero piloto aviador Radamés Gaxiola Andrade.
El 16 de julio de 1944 se pasó revista a la unidad en el campo de Balbuena y días después el personal fue trasladado a Estados Unidos para recibir adiestramiento avanzado en bases aéreas de Texas e Idaho, operando aviones de caza P-47 Thunderbolt. Tras la autorización del Senado de la República, el Escuadrón 201 fue destinado a la liberación de Filipinas, debido a los vínculos históricos entre ambos países.
Entre junio y agosto de 1945, el Escuadrón Aéreo 201 realizó 96 misiones de combate, principalmente de apoyo a fuerzas terrestres, barrido aéreo, interdicción y escolta naval en el suroeste del Pacífico. Participó en operaciones sobre Luzón y Formosa, acumulando más de 2,800 horas de vuelo, de las cuales casi 2,000 correspondieron a misiones de combate.
De los 289 elementos desplegados en el Pacífico, cinco murieron en combate y uno por enfermedad; además, cuatro fallecieron durante el entrenamiento en Estados Unidos. Tras el fin de las operaciones, la unidad regresó a México y entró de manera triunfal a la Ciudad de México el 18 de noviembre de 1945. Los caídos fueron honrados como héroes nacionales y su memoria permanece vigente.
En reconocimiento a su sacrificio, en 2004 se decretó el 2 de mayo como fecha de conmemoración de los pilotos de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, ceremonia que se realiza anualmente en el monumento al Escuadrón 201, ubicado en el Bosque de Chapultepec.
Hoy, la Fuerza Aérea Mexicana mantiene ese legado histórico mediante la vigilancia de nuestro espacio, apoyo a la seguridad nacional y su participación fundamental en labores de auxilio a la población en casos de desastre. Su evolución, desde los primeros intentos de vuelo hasta su consolidación como institución moderna, refleja el papel estratégico que desempeña en la defensa y el desarrollo del país.