Juventina Bahena
Ya casi nadie menciona la justicia social como una legítima aspiración de los pueblos y tal parece que se fue desgastando en el etéreo universo de la utopía donde yacen algunas de las banderas revolucionarias impregnadas de cierto romanticismo. A mediados del siglo pasado se pensaba en ese estadio como una aspiración válida para la izquierda y como una figura retórica recurrente como recurso ideológico para pastorear las esperanzas de los ejércitos de trabajadores, pobres e idealistas principalmente de pensamiento pro socialista.
La realidad fáctica negada o postergada derribó una y otra vez, como en Sísifo, los intentos siempre fallidos de alcanzar ese anhelo manifiesto en los discursos de la clase política y en la narrativa con que se hilaban las propuestas de algunos partidos.
Para la disminuida Organización de las Naciones Unidas (ONU), la justicia social es un principio fundamental para la convivencia pacífica y próspera y “defendemos sus principios cuando promovemos la igualdad de género, los derechos de los pueblos indígenas, así como eliminando las barreras que enfrentan las personas debido al género, la edad, la raza, la etnia, la religión, la cultura o la discapacidad”.
Igual considera que “el desarrollo social y la justicia social no pueden alcanzarse si no hay paz y seguridad o si no se respetan todos los derechos humanos y las libertades fundamentales”. En concreto, “la justicia social promueve el reparto equitativo de los bienes y servicios”.
Esta definición es tan volátil debido a su carencia de contenido material que pierde sentido debido a su confinamiento a la esfera deóntica, tan ajena a los valores que rigen el mundo actual: el dinero, la acumulación de capital, la competencia, el individualismo, etcétera.
Para el gobierno de México, expone su página oficial, la justicia social representa el principal reto de esta administración, ya que la mayoría de los programas están enfocados al bienestar de la ciudadanía, tales como: Programa para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores; Pensión para el Bienestar de las Personas con Discapacidad, que apoya a niñas, niños y adolescentes así como jóvenes (0 a 29 años) que tienen discapacidad permanente, y población indígena de 0 a 64 años y otros, como Sembrando Vida.
A esa política social de transferencias directas, el gobierno federal destina casi un billón de pesos del presupuesto 2026. De esta forma, ha logrado sacar de la pobreza, según la cifra más reciente proporcionada por el INEGI y el CONEVAL, aproximadamente a 13.4 millones de mexicanos de la pobreza multidimensional en el periodo de 2018 a 2024.
La medición de la pobreza mundial es multidimensional, al combinar ingresos y acceso a la salud, educación, servicios básicos como agua, saneamiento y electricidad, de acuerdo con mediciones del Banco Mundial y del PNUD, que perciben ínfimos ingresos que van de los 2.50 o 3.00 dólares por día. En esa circunstancia se encuentran más de mil 100 millones de personas, que habitan regiones como África Subsahariana y Asia Meridional.
Salvo algunos países, muy pocos en realidad, aplican políticas más humanistas que aún se encuentran en desarrollo, ya que ponen en el centro de sus acciones de gobierno a sus ciudadanos, China, por ejemplo. Cuba, aunque lo intentó, sigue acosada por un cerco criminal mediante un bloqueo que le permite apenas sobrevivir, en un mundo dominado por el neoliberalismo avasallador. Aún así aporta al mundo médicos bien formados quienes dan apoyo en salud, principalmente en zonas rurales y de difícil acceso, como lo hicieron en México, trasladándose a aquellos lugares donde los médicos mexicanos se negaron a ir.
¿Qué se requeriría para que hubiera justicia social? Primero hay que partir de una premisa fundamental: la justicia social y el capitalismo, el neoliberalismo, son incompatibles; son de naturaleza contraria, uno y otro son excluyentes e irreconcilibles. El sistema que se entronizó en el siglo antepasado se fortaleció e infiltró a nivel universal en el siglo pasado hasta alcanzar niveles obscenos por los altísimos niveles de concentración irrefrenable de la riqueza.
Para que este modelo económico permanezca incólume requirió del Estado, sus instituciones y de la ideología impuesta a través de las creencias, cultura, filosofía, leyes y política que legitiman el orden social dominante para perpetuar este sistema de producción. Por esas ideas, hay gente que creyó aquello de que, mediante el trabajo duro, la perseverancia, el sacrificio personal y el ahorro, podrían alcanzar cierto estatus. Para la ansiedad y la frustración debido al fracaso de la “cultura del esfuerzo”, están los cursitos de resiliencia y lo que eso signifique.
Así como los ganadores son los que escriben la historia, así los ganadores escribieron las leyes para su beneficio. Desde que se instaló el neoliberalismo en Latinoamérica mediante gobernantes impuestos desde Washington o formados en sus universidades, modificaron sus constituciones políticas para legalizar la privatización de sus empresas públicas, el saqueo de recursos y extracción de minerales y petróleo, sin ningún beneficio para sus ciudadanos.
La ideología es tan perversa que aún hay personas con escasa o nula racionalidad que justifican y quizá admiran a los multimillonarios porque ellos ¡sí saben cómo hacer negocios y riqueza! Por supuesto que saben cómo hacerlo. Sus economistas son expertos en prácticas de depredación y sus contadores lo son en “contabilidad creativa” que los lleve a la evasión y la elusión fiscal.
Las universidades modificaron sus modelos educativos para retirar programas en torno al desarrollo del pensamiento crítico: qué utilidad tenía ante la necesidad de las empresas -que tampoco era mucha- de contratar técnicos y empleados mal pagados. Y qué decir del sector mediático, difundiendo la frivolidad, la vida y el ambiente en que se desenvuelve la “gente bonita”, borrando y escondiendo la pobreza y sus causas en la que habita la mayoría de la población.
Ministros, magistrados y jueces todos torciendo la ley para favorecer a los ricos y poderosos. El Estado y sus instituciones hermanadas con el cemento de la corrupción. El recurso más sutil y peligroso es la ideología que sirve para legitimar el orden social existente y de una clase dominante, aunque últimamente las armas parecen imponerse como un recurso de primera mano para la versión más salvaje de capitalismo.
Se ha tratado de definir el modelo económico mexicano como Estado neoliberal de izquierda y humanista, pero se sigue conduciendo bajo la lógica del capital sin expectativas de arribar a un Estado de Bienestar porque no tenemos la capacidad de recaudación fiscal y por lo tanto, sin riqueza que repartir..
Otros países han buscado otras alternativas para la redistribución de la riqueza como el impuesto progresivo a las grandes fortunas; sin embargo, esta práctica ha ahuyentado a los capitales y la inversión hacia otros destinos donde no existen regulaciones de este tipo. Los capitalistas de “buen corazón” se desprenden de migajas para unos cuantos pobres a través de fundaciones. Pero tampoco representan gran pérdida, porque sus donaciones altruistas son susceptibles de deducción de impuestos.
China es, con mucho, el país que ha logrado establecer un modelo híbrido de justicia social al centralizar su sistema económico y diseñar sus políticas públicas desde el Partido Comunista en el poder. No existe propiedad privada de los medios de producción y, aunque reciben inversión extranjera, es bajo sus reglas, ya que las empresas creadas están obligadas a transferir tecnología y el know how de la naturaleza de sus actividades. Su modelo político económico los ha llevado a constituirse en una potencia mundial.
El mundo restante tiene que sufrir los embates del gran capital, y para muestra basta un botón. Las acciones de valores de las empresas de petróleo alrededor del mundo como Chevron, Valero, ConocoPhillis, Marathon, Exxon Mobil, Phillips66, Occidental Petroleum, EOG Resources, Devon Energy y Kinder Morgan, subieron sus acciones entre 11 y 3%. Es decir, le acaban de agregar 100 billones de dólares al mercado del petróleo solo por la noticia del secuestro de Nicolás Maduro.
La justicia social palidece de vergüenza.