Investigación / A Profundidad


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Las mil y una noches entre fantasmas


Ángel Medina Luna

Cada mañana el imponente Palacio de San Lázaro registra vibrante actividad, con sus siete mil trabajadores. Los días de sesión se suman las y los 500 diputados, más los visitantes. El récord de asistencia ha alcanzado 14 mil 500 personas, hay más gente que en un pequeño municipio de México.

Sin embargo, en las noches del inmenso Palacio, todo es soledad. Pero no todo es quietud. La gente rumora que el tiempo nocturno transcurre entre fantasmas y ruidos extraños. Fabular es pasión universal; con desbocada imaginación a través de los años han tejido historias surrealistas de tintes paranormales que han anclado en el imaginario. Rumor de anécdotas raras: por pasillos, oficinas, salones, escaleras, bosques, sótanos, vagan una saga de seres errantes.  

Después de la medianoche, durante las oscuras madrugadas, los compañeros de Resguardo son los únicos que transitan por el solitario palacio, como quien recorre su propia casa. Hay quienes aseguran ser testigos de instantes insólitos, que no permanecen sepultados en la penumbra. Ellos arrojan luz sobre un mundo por descubrir.

Todavía deslumbra el día cuando pasa la vida como un ciclón por avenida Congreso de la Unión. En el cielo el sol, inmensa llama. En el atardecer resonante lanzan rugidos los veloces autos y las ruidosas motocicletas.

Crepúsculo cayendo. La oscuridad llega y los ruidos urbanos se van diluyendo. Las luces artificiales del palacio disminuyen su intensidad al mínimo. Las formas reales se difuminan en figuras fantasmales en una atmósfera inquieta. Los árboles que pintan de verde las mañanas ahora se vuelven fantasmagóricos, como un valle de la inquietud. Las aves, los sonidos, las personas se pierden en la noche.

En la puerta cuatro, en la caseta de vigilancia, compañeros de Resguardo se protegen, abrigan las delicadas gargantas con cálidas bufandas. Como no hay un fogón que caliente, tiritan de frío.

Madrugada invernal. El viento parece gemir sombríamente. Es un viento vagabundo de alas entumidas y heladas. Pero hay otros motivos para sentir que se hiela la sangre.
Cuentan que en oscuras madrugadas, de pronto emerge un ruido rompiendo la noche. Se rumora que alguien camina por los amplios pasillos que desembocan a la puerta cuatro. Coinciden en que es una mujer; nunca la han visto, pero son pasos de alguien que lleva zapatos de tacón. En noches invernales los golpes de los tacones contra el piso producen un sonido hueco que retumba por esos pasillos que dan a la calle.

Ese resonar tan extraño eriza la piel; resuena intenso y va desapareciendo. Si el zumbido de un pequeñísimo mosquito es molesto, pues este sonido hace que el corazón dé vueltas como un rehilete.

Nada que dudar, son hombres valientes los que hacen guardia en la caseta de la puerta cuatro, han checado quién anda caminando por esos pasillos helados. Han visto nada, no han desentrañado el misterio. La duda sigue ocupando la mente, sobre esta historia con tintes novelescos. Hasta ahora, nadie puede describir a esa “mujer”. La han bautizado como “la taconuda”, término que acuñó alguien, ya nadie sabe quién fue; también se desconoce el color de las zapatillas. Ella nunca ha retrocedido sobre sus pasos, decidida, sigue caminando. ¿Qué busca en la madrugada? Es una mujer que no ha podido escapar de su destino.

En esas horas pensativas se enciende un puñado de deseos: ¡que la noche galope velozmente, que regrese el sol, el canto mágico de los pájaros, el día resonante, la radiante ilusión de cada día!

La enigmática dama y la escalera al cielo

“En una noche oscura, con ansias, en amores inflamada, ¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. A oscuras y segura, por la secreta escala, disfrazada, ¡oh dichosa ventura!, a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía…”  Estas son evocaciones del poema “Noche oscura del alma”, de San Juan de la Cruz, y prologan una anécdota excepcional:

En una noche oscura, Beatriz Andrade y otros compañeros de Resguardo realizaban un recorrido de rutina por el vestíbulo principal del palacio, cuando su razón tropezó con la sinrazón.

Fue un instante, un suspiro, un parpadeo, un pestañeó cuando, sorpresivamente, creyeron ver una figura que se dirigía a las escaleras que van hacia el mezanine del edificio ”A”. Aunque fueron unos segundos, coinciden en que era una mujer vestida de blanco que etéreamente ascendía por la escalera.  Parecía un blanco lirio en el viento.  Con pisadas aladas, silenciosas, parecía elevarse por la escalera, como si la llamara un flautista.  

Hay música (como “La cabalgata de las valkirias”, de Richard Wagner) que inyecta arrojo, o el redoblar de un tambor estimula la valentía de los soldados, pero no había nada de esto, así que Beatriz y sus compañeros se armaron de valor y decisión y fueron a investigar. Pero el sortilegio se rompió. No había nadie, como si la visión nunca hubiera existido. De esa pálida blanca sombra no quedó ni un finísimo rayo de luz, como el hilo de una araña.  Perturbados momentáneamente, no atinaban a verbalizar la experiencia. Concluyeron que quizá su percepción les hizo una jugada.

Demoraron en reponerse del peso de esa visión de la pálida sombra. Sólo la vieron de espaldas, sutilmente vestida de blanco. Atónita belleza. En realidad, no supieron cómo era, si su rostro era una rosa marchita. Quedó un recuerdo hipnótico, una pálida sombra con aura de antigüedad que dejó tras de sí un rastro de silencio.

Ya quitaron hierro al tema. Así como no todo lo que brilla es oro, no todo lo que creemos es verdad. Pero a veces a Bety Andrade, aquella imagen entra en su memoria y la acosa momentáneamente. Y navega en su boca el sabor de lo extraño.  

Simbólica pálida sombra. La sublimidad de la escena, como una ascensión espiritual de la enigmática mujer del vaporoso vestido blanco. Su misterio ha crecido con el tiempo.

Cabe mencionar que la historia sagrada narra la existencia de una escalera que conecta la Tierra con el cielo.  La han recreado pintores y poetas como William Blake. Este momento onírico, místico y surrealista es un tema frecuente en la pintura, la poesía y otras artes. Se llama “El sueño de Jacob”.  Una noche oscura, en un paraje solitario, el patriarca se quedó dormido sobre una roca. Soñó con una escalera al cielo, y los ángeles subían y bajaban por ella.

La oscuridad no llegó sola

Cada mañana el imponente Palacio de San Lázaro registra vibrante actividad, con sus siete mil trabajadores. Los días de sesión se suman las y los 500 diputados, más los visitantes. El récord de asistencia ha alcanzado 14 mil 500 personas, hay más gente que en un pequeño municipio de México.

Sin embargo, en las noches del inmenso Palacio, todo es soledad. Pero no todo es quietud. La gente rumora que el tiempo nocturno transcurre entre fantasmas y ruidos extraños. Fabular es pasión universal; con desbocada imaginación a través de los años han tejido historias surrealistas de tintes paranormales que han anclado en el imaginario. Rumor de anécdotas raras: por pasillos, oficinas, salones, escaleras, bosques, sótanos, vagan una saga de seres errantes.  


Después de la medianoche, durante las oscuras madrugadas, los compañeros de Resguardo son los únicos que transitan por el solitario palacio, como quien recorre su propia casa. Hay quienes aseguran ser testigos de instantes insólitos, que no permanecen sepultados en la penumbra. Ellos arrojan luz sobre un mundo por descubrir.

Todavía deslumbra el día cuando pasa la vida como un ciclón por avenida Congreso de la Unión. En el cielo el sol, inmensa llama. En el atardecer resonante lanzan rugidos los veloces autos y las ruidosas motocicletas.

Crepúsculo cayendo. La oscuridad llega y los ruidos urbanos se van diluyendo. Las luces artificiales del palacio disminuyen su intensidad al mínimo. Las formas reales se difuminan en figuras fantasmales en una atmósfera inquieta. Los árboles que pintan de verde las mañanas ahora se vuelven fantasmagóricos, como un valle de la inquietud. Las aves, los sonidos, las personas se pierden en la noche.

En la puerta cuatro, en la caseta de vigilancia, compañeros de Resguardo se protegen, abrigan las delicadas gargantas con cálidas bufandas. Como no hay un fogón que caliente, tiritan de frío.

Madrugada invernal. El viento parece gemir sombríamente. Es un viento vagabundo de alas entumidas y heladas. Pero hay otros motivos para sentir que se hiela la sangre.
Cuentan que en oscuras madrugadas, de pronto emerge un ruido rompiendo la noche.

Se rumora que alguien camina por los amplios pasillos que desembocan a la puerta cuatro. Coinciden en que es una mujer; nunca la han visto, pero son pasos de alguien que lleva zapatos de tacón. En noches invernales los golpes de los tacones contra el piso producen un sonido hueco que retumba por esos pasillos que dan a la calle.

Ese resonar tan extraño eriza la piel; resuena intenso y va desapareciendo. Si el zumbido de un pequeñísimo mosquito es molesto, pues este sonido hace que el corazón dé vueltas como un rehilete.

Nada que dudar, son hombres valientes los que hacen guardia en la caseta de la puerta cuatro, han checado quién anda caminando por esos pasillos helados. Han visto nada, no han desentrañado el misterio. La duda sigue ocupando la mente, sobre esta historia con tintes novelescos. Hasta ahora, nadie puede describir a esa “mujer”. La han bautizado como “la taconuda”, término que acuñó alguien, ya nadie sabe quién fue; también se desconoce el color de las zapatillas. Ella nunca ha retrocedido sobre sus pasos, decidida, sigue caminando. ¿Qué busca en la madrugada? Es una mujer que no ha podido escapar de su destino.

En esas horas pensativas se enciende un puñado de deseos: ¡que la noche galope velozmente, que regrese el sol, el canto mágico de los pájaros, el día resonante, la radiante ilusión de cada día!

Lo que escondían sus ojos

Camino por el vestíbulo principal del palacio, me acompaña mi sombra. Mis pasos se pierden en el silencio. De pronto me detengo, levanto la vista, lo miro de frente, me pierdo en sus ojos, en tantos ojos que me observan, miradas que parecen vigilarme. 
¡Ahí está!, viendo pasar el tiempo. Es el amplio mural de Adolfo Mexiac, “Las Constituciones de México”, corona el vestíbulo de la entrada al Salón de Sesiones. Realizado sobre madera de caoba, representa la historia constitucional de México (la Constitución de 1824, la de 1857, y la Carta Magna de 1917). Es un “símbolo de símbolos”.

Por el mural pasa la vida como un huracán. La vida de México, desde 1810 hasta 1936. Y los protagonistas son puros muertos.

Rememoro que “Guernica” es una obra maestra de la pintura mundial. Expertos cuentan que Pablo Picasso, para pintar la parte inferior, se inspiró en los muertos de “Los ahogados del diluvio”, que aparecen en el Beato de Saint-Sever, un manuscrito medieval de gran riqueza pictórica, conservado en París; ilustra visiones apocalípticas.
Los muertos y los símbolos esotéricos son fuente de inspiración para creadores, como lo fueron para Adolfo Mexiac. Desde la perspectiva de su simbología, el mural ha permanecido casi oculto. Es como un texto esotérico, un libro no de piedra sino de madera de caoba que esconde relatos fabulosos.

Narrativa visual que alude a vínculos entre Tierra y cielo. El mundo de lo real y el espiritual o de la imaginación. Nos lleva en un viaje a través de diferentes épocas, culturas y estéticas, capitaneadas por legendarios seres inmortales. Cabezas donde hierven ideas, utopías, revelaciones, revoluciones.

La leyenda cuenta que después de la medianoche, en las frías y oscuras madrugadas, en esta zona del vestíbulo se percibe una atmosfera energética. Son noches marcadas por un silencio descomunal.  Cuando realizan los recorridos de rutina, hay quienes sobre su espalda sienten el peso de intensas miradas. No voltean, pasan como autómatas, sin mirar atrás, menos hacia arriba, al mural cargado de símbolos, con sus personajes emblemáticos que han conquistado la inmortalidad y que miran fijamente.  

Los personajes reales ya son invisibles en sus formas carnales, pero adquirieron otra visibilidad. Su forma humana sólo era una máscara que escondía el verdadero rostro: la idea. Y sus ideas sobreviven, renacen en cada persona que los recuerde, que evoque pasajes de sus vidas.


Hermandad de masones

Por mencionar, en el mural aparece el “Gorro de la libertad”, símbolo de la masonería, hermandad que en la Nueva España empujó el virrey Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, segundo conde de Revillagigedo. Los masones se agruparon en las logias yorkina y escocesa, cada una con sus rituales y ceremonias simbólicas. Asociaciones que operan en secreto, especialmente entre la élite política, y alababan al Gran Arquitecto del Universo.

Los protagonistas del mural son muertos, ilustres, pero personas fallecidas. Inicia con Miguel Hidalgo y con un símbolo superior: la Señora del Cielo, la Reina Celeste.

Otros: José María Morelos, Benito Juárez, Melchor Ocampo, José María Iglesias, Ignacio Vallarta, los hermanos Flores Magón (Ricardo, Enrique y Jesús) Ponciano Arriaga, Emiliano Zapata, Francisco Villa, Venustiano Carranza y Francisco I. Madero. Sobre las figuras espectrales, sobrevuelan águilas, con picos y garras amenazantes. También resplandecen espadas ensangrentadas, como la que empuña Vicente Guerrero (segundo presidente de México, primer mandatario afromexicano), quien fue fusilado un 14 de febrero.

No confundir. Algunos son almas buenas como Francisco I. Madero. Otros cometieron crímenes y fueron asesinados, como Venustiano Carranza.

Espiritismo

¡Ahí está!  el apóstol de la democracia: Francisco I Madero. La historia documentó que fue espiritista y médium escribiente. Conoció las obras de Allan Kardec, padre de la doctrina espiritista. En vida, hablaba con los muertos. Fundó “La Sociedad de Estudios Psíquicos de San Pedro de las Colonias” (Coahuila), para difundir estas creencias en México.

Cabe recordar que otro mexicano inmenso: José Vasconcelos, también fue espiritista. Sin olvidar al poderoso expresidente Plutarco Elías Calles (jefe Máximo de la Revolución), aunque este político más bien es la némesis de Madero y de Vasconcelos. Pudiera ser que sus guías fueran espíritus malignos porque se engolosinó con el poder, al precio que fuera.

En sus memorias, Francisco I. Madero narró que recibía mensajes de espíritus benignos que con sus consejos lo transformaron de un joven libertino e inútil para la sociedad en un ser humano honrado, preocupado por el prójimo y decidido a servir a la Patria. 
Desarrolló la capacidad de entrar en trance y comunicase con espíritus, que se alegraban que en la Tierra hubiera gente  dispuesta a luchar para el triunfo de la libertad y la justicia, capaz de dar la vida por los demás, por la causa del bien, el progreso de la humanidad, para que los desheredados de la fortuna se sacudieran las ignominiosas cadenas que los anclaban a la injusticia.

Los espíritus mostraron a Madero su camino del deber. Para ello, debía someterse a una disciplina: imponer el espíritu sobre el cuerpo y la materia, utilizar las riquezas materiales para hacer el bien entre los pobres, dominar las  pasiones carnales, rechazar los vicios, dejar la vida vegetativa…

Soplaban aires de democracia. Los invisibles revelaron a Madero su misión: la Patria, la gran cruzada democrática. Madero se preparó. Meditaba en lugares solitarios.

Ayunaba.  No bebía ni fumaba. La preparación espiritual también incluía conocimiento claro y metódico de la historia. Debía leer los periódicos, conocer a la perfección la situación política del país, llevar notas y un diario cotidiano de sus actividades.

Hizo un esfuerzo constante y tenaz para elevar su espíritu. Siempre ocupado, trabajando, escribiendo, estudiando, meditando. Le vaticinaron que tendría una corona, quizá de espinas, la de los mártires, la de aquellos que derramaron su sangre por el triunfo de una causa.

Sabía que tenía una carga pesaba sobre los hombros, pero aceptó la misión trascendental, encender la chispa que incendió la pradera, encendió los ideales de la Revolución de 1910.


En general, es el edifico “A” (donde está el Salón de Plenos) el que concentra los rumores sobre relatos surrealistas. Aquí conviven pasado, presente y futuro. El Premio Nobel de Literatura 1990, Octavio Paz hizo una poética reflexión: El presente es el manantial de las presencias. Sugiere que el instante actual no es fugaz, sino una fuente vital donde se originan todas las realidades y experiencias. Es el punto de encuentro entre el pasado y el futuro, la clave para vivir plenamente y donde la conciencia puede encontrar la eternidad.

El presente no es sólo un momento pasajero, sino una fuente (manantial) de la cual brotan las “presencias”. Es decir, todas las manifestaciones de la realidad, la vida, los seres, las cosas.

Para que tú me oigas

La talentosa fotógrafa Binisa Georgette López inmortaliza instantes históricos de las sesiones parlamentarias en el Salón de Plenos y de diversas actividades legislativas.

Esta vez ofrece una mirada inédita sobre el departamento de fotografía:

“En una ocasión, la sesión terminó a las tres de la madrugada.  Decidí quedarme en el departamento de fotografía a esperar el amanecer y regresar en el metro a mi hogar.

Soñolienta, en la solitaria madrugada, sólo oía la noche inmensa, más inmensa sin alguien. Con la mente cansada, meditaba sobre algunos asuntos, intentando conciliar el sueño. Ya medio adormecida, de repente creí escuchar un sonido raro, como si se sentaran suavemente en una de las cómodas sillas ergonómicas.  El ruido tocó mi oído, me sobresalté, inquieta. Intenté aguzar el oído, volví a oír ese crujido intrigante; sólo eso y nada más.  Instante en que el corazón se cierra como una flor nocturna. Preferí no salir, afuera todo parecía espectral. Esperé el alba, pues no hallaba plena calma. Ese leve ruido sobre el asiento de una silla me deslizaba a las dudas y sobresaltos, pues no era un suave arrullo, sino algo que me despertó. Me contuve, permanecí más calmada, me repetí: ¡ha de ser Carlos!

Carlos Ramos fue un fotógrafo del equipo del departamento de fotografía. Él tenía una peculiaridad: era extremadamente celoso de su deber, prácticamente vivía para trabajar aquí en el palacio. Sobre todo, se entregaba a la tarea de retratar los debates en el Salón de Plenos. Desafortunadamente, él murió durante la pandemia de Covid.

En la oficina, en noches desoladas, en esas horas profundas, otros compañeros han escuchado esos sonidos extraños. Todos concluimos, medio en broma,  ¡seguro es Carlos!”

A la caza de la precisión

Salvador Ramos trabaja todo el día en una oficina recóndita, silenciosa y solitaria en el sótano del palacio. Su tarea es corregir y perfeccionar los textos periodísticos, dedicado a la caza de la precisión. Una tarde se entregaba a la lectura, cazando errores de las y los reporteros.

De repente escuchó que abrieron y cerraron la pesada puerta metálica de la oficina. Curioso (al fin, reportero), se afanó en descubrir quién había entrado. Volteó, su mirada buscó al visitante que osaba distraer su trabajo. No vio nada, como si nunca hubieran abierto y cerrado la puerta. Ningún forastero apareció en el lugar. Nada que dudar, sí había escuchado el ruido, sólo eso y nada más. Ni rastro de nada, ni de una pluma en el viento. Ese recuerdo es huidizo, pero a veces, en días pensativos, el viento trae aquel misterioso sonido que tocó su oído. Y vuelve la pregunta que lo persigue: ¿quién abrió y cerró la puerta, sin la cortesía de pedir permiso?

La niña inquietante y los niños invisibles

La leyenda más común que recorre el Palacio de San Lázaro es la de una niña inquietante, a quien le encanta jugar abriendo y cerrando puertas por los sótanos.

Y también niños invisibles (porque jamás los han visto) que, en las solitarias madrugadas, juegan pelota y otros entretenimientos por los desolados y vastos espacios palaciegos, como subir y bajar en los elevadores.

No son infancias asediadas, con desparpajo libremente juegan por el inmenso palacio. Ni gritos, ni susurros expresan, sólo se escuchan ruidos como de juguetes en movimiento, como pelotas que rebotan, como carritos rodantes y chocones.  Graciosas aventuras infantiles en las que no faltan las carreritas.  Se nota que son inquietos, revoltosos, juguetones.

El sol no los sigue como perrito faldero, solamente la luna les sonríe. En las madrugadas estrelladas, de azul profundo, las estrellas disfrutan su vida muy cómoda, brillan y duermen. Para la niñez fantasmal del palacio, estas horas-juego son divinas. Se zambullen en la exploración, en curiosear las profundidades del vasto palacio, en actividades propias de su tierna edad.

Cansados de tantas aventuras, caen rendidos y desaparecen cuando llega el sol, claro y amarillo.

Seres errantes

Todas las personas coinciden: en realidad a quien debemos temer es a los vivos, no a los muertos. Hay vivos que son capaces de las peores atrocidades. Los supuestos seres fantasmales que se han adueñado de los espacios del palacio no son peligrosos, ni tenebrosos como la imagen que en la célebre pintura “El grito” pintó el noruego Edvard Munch.

La vida de los fantasmas del palacio es contada por otros. Ellos nos dedican su silencio. Aquí en el palacio, jamás se ha escuchado ningún grito infinito como el que lanza “La llorona”, la leyenda que durante siglos recorre las noches de México, por pueblos y ciudades, gritando: ¡ayyyy mis hijos!

Además, todos somos seres errantes. Según la historia, el primer hogar de la naciente humanidad (el homo sapiens) fue África. De ahí partimos al infinito, y más allá. Se supone que los primeros pobladores de América venían de Asia, y cruzando el Estrecho de Bering comenzaron a poblar el continente.

Así que todos somos criaturas vagabundas, seres errantes, por los caminos de la vida.  Dos obras inmortales de Homero, “La Ilíada” y principalmente “La Odisea” nos hablan de Ulises (Odiseo), el héroe griego que zarpó en su juventud y tardó 20 años en regresar a su patria y hogar Ítaca, afrontando peligros imaginables.  Actualmente, hay explosión de migraciones del sur del planeta hacia las naciones avanzadas del norte, en busca de trabajo, de pan, de progreso.

En resumen, rompemos lanzas a favor de los inofensivos fantasmas del palacio. México es un país surrealista, como bien destacaron los padres del surrealismo: André Bretón y Salvador Dalí.

Ecos de universos paralelos.

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