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Necesitamos dialogar


Maikel Ansted Hoffmann

Nuestro tiempo, tan rico en objetos, técnicas y comunicaciones, se muestra demasiado pobre en relación humana sincera y profunda.

Tal parece que existe una relación inversamente proporcional entre ambas cuestiones: a mayor progreso tecnológico, menor intensidad y profundidad en relaciones humanas.

Para nada estoy a favor de detener el progreso tecnológico (por si alguien mal interpretó), siempre y cuando este avance sea positivo, con fines prácticos y hacia el desarrollo del ser humano, pero creo que de igual importancia debe gozar el desarrollo y progreso del hombre como relación, como diálogo.

No es nuevo el conflicto entre el tener y el ser. Desde tiempos muy remotos existe la confusión y creencia de que se es en la medida de lo que se tiene, por ejemplo, cuando se tiene el nuevo celular de la manzanita, o el último reloj inteligente.

A este tener se le ha identificado con el poseer y, en nuestros días, aún más, con el poseer objetos, dinero, prestigio, fama, etc. Ya el juicio popular dice: “tanto tienes, tanto vales”.

Como consecuencia lógica de esta filosofía de vida, la relación humana, el diálogo, se pierde: se objetiviza y despersonaliza.

Este problema parece agudizarse en las grandes urbes, como Ciudad de México. SI pudiésemos visualizar la vida cotidiana de la mayoría de los adultos que habitan ahí, quedaríamos asombrados y, seguramente, espantados, al comprobar la poca profundidad de relación entre unos y otros. Aun físicamente es palpable: cada vez (cuando el covid no nos atacaba), evitamos los contactos físicos, como son en la calle, en el transporte público, en la oficina. Tenemos mucho miedo al más ligero roce. Por otra parte, parece que estamos ahogados por una “peste” de prisa: todo hay que hacerlo rápido y con la mayor eficiencia posible, como si fuésemos un engranaje dentro de un sistema aparentemente perfecto.

Ante estos hechos, es muy difícil que el hombre pueda establecer un diálogo y escapar de la superficialidad que parece envolverlo todo. No hay tiempo que perder, tal parece ser el dogma, y de verdad que es difícil rebelarse contra ello, aunque realmente no es imposible.

Para finalizar, creo que aún estamos a tiempo de salvar lo más humano que tenemos: la capacidad del diálogo, la capacidad de ser libres, sin estar esclavizados a la tecnología, a las redes sociales. Todavía podemos ser personas, porque éstas son en la medida en que se dan, en que dialogan, a diferencia de los objetos, que valen en la medida en que se les utiliza.


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