Trabajo Legislativo / En Opinión de...


news

Comunicación y política


Dr. José María Chávez Peña / Asesor legislativo en el Senado de la República

Conforme a un esquema clásico, en el “Diccionario de la lengua española” de la RAE se define a la comunicación como la transmisión de señales de un emisor a un receptor mediante un determinado código. De aquí que los elementos básicos del proceso de comunicación sean el emisor, que es quien emite el mensaje; el receptor, quien recibe el mensaje y lo descodifica; y el mensaje mismo, enviado en un código o lenguaje, sea verbal, gesticular, escrito, mediante símbolos y sonidos, incluso, mediante señales luminosas.

En el proceso de comunicación verbal el código consiste en la lengua o idioma en que se transmite el mensaje. En algunos contextos, lengua o lenguaje e idioma suelen manejarse como sinónimos, en otros, sin embargo, por idioma se entiende a una variedad de la lengua. Así, por ejemplo, de la lengua española se derivan los idiomas castellano, catalán, valenciano, gallego, euskera y aranés; de la inglesa, a su vez, el inglés americano, británico, canadiense y australiano. También en algunos países, como México, suelen hacerse caracterizaciones regionales del español por la incorporación de extranjerismos y de términos autóctonos o indígenas.  

Los códigos suelen ser tan diversos que pueden caracterizarse hasta en virtud de las edades de los sujetos emisores y receptores; por las particularidades específicas de los gremios laborales, pues cada oficio o profesión adopta los propios (albañiles, abogados, médicos, ingenieros, etc.); por las tecnologías utilizadas en el proceso de comunicación y, últimamente, por moda política, en cuyo caso los códigos suman términos como fifís, chairos, pirrurris, machuchón, camaján, aspiracionistas, señoritingos, solovinos, me canso ganso y mafias del poder; y eliminan otros, como calidad educativa, competencia, sociedad del conocimiento, eficiencia y productividad, términos calificados como perniciosos en tanto que “deben su origen” al “modelo neoliberal”.   

Lo relevante del punto es que el mensaje, a efecto de ser descifrado y debidamente comprendido, debe transmitirse en una lengua o idioma, como sistema de signos y reglas, acordado y dominado tanto por el emisor como por el receptor, requisito sin el cual el proceso de comunicación fracasa. En este sentido, la principal labor del receptor es extraer y comprender correctamente el significado y el significante del mensaje a efecto de hacerlo útil. 

Los errores en la adopción de códigos y mensajes de los gobiernos en momentos de crisis, como la experimentada por el COVID-19, suelen tener resultados desastrosos al provocar, dada información imprecisa y con tintes políticos, más que sustentada en bases científicas, pérdida de miles de vidas humanas al impedir, en los hechos, la toma de decisiones informadas.  

En el proceso de comunicación el uso de los códigos y símbolos suele adquirir “significados” y “significantes” diversos conforme a los contextos y circunstancias en que se utilizan. Una misma expresión adquiere significantes diferentes según el tono de voz en que se pronuncia, la postura y gesticulación del emisor, el lugar geográfico, los usos y costumbres propios del lugar, y por el énfasis y la combinación de dos o más de estos factores. En este proceso todo tiene un sentido, todo ha de interpretarse conforme a un contexto y a determinados códigos; a su vez, lo que funciona y opera en determinado lugar y condiciones, suele operar diferente aun cuando las expresiones puedan ser literalmente similares.    

Para que un mensaje logre su cometido es condición sine qua non que quien lo emite conjunte, conforme a su código, las señales adecuadas, logrando plasmar en él lo pretendido y que, quien lo reciba, lo entienda según la intencionalidad del emisor. Muchas de las fallas en el proceso de comunicación, para el caso del sector público, se originan en que los emisores interpretan equivocadamente el sentir popular y, en consecuencia, sus mensajes no empatan con los intereses de los receptores. 

Inútil resulta que emisor y receptor manejen códigos diferentes, o que el emisor equivoque en la selección y ordenación de los símbolos, o que, en el peor de los casos, una información que debiendo ser, por ejemplo, de carácter científica, se divulgue con criterios e intencionalidades políticas.

La comunicación fracasa cuando la interpretación difiere de la intención del mensaje. Las “pifias” del emisor pueden ser múltiples, como el no dominar el tema, elegir equivocadamente los signos del código y desconocer por completo las características de la audiencia. En este último caso, por ejemplo, los códigos utilizados por servidores públicos ante una comunidad agraria han de ser distintos a los utilizados frente a grupos de empresarios o de académicos. Al margen de ello, se observa que cada grupo social gusta que sus pretensiones sean protagonistas en los mensajes discursivos de los servidores públicos y de los políticos.

Toda relación humana conlleva procesos de comunicación múltiples, y es precisamente la comunicación lo que humaniza y da sentido de pertenencia a una comunidad o grupo; sin embargo, es necesario considerar que, como se mencionó ut supra, la comunicación humana no siempre es verbal, sino que puede ser de múltiples formas, incluso aquellas formas extrañas, como, por ejemplo, a través de vibraciones transmitidas por el contacto en la piel de las personas, conocida como háptico o táctil.

La comunicación humaniza y su carencia deshumaniza generando profundos males físicos y psíquicos en las personas, de lo que se comprende que el peor castigo impuesto a los reos sea el aislamiento total, fuera de todo contacto humano.

Especialmente en el ambiente político todo tiene un significado que no necesariamente requiere explicación verbal; antes bien, en momentos específicos, las expresiones, gestos o aptitudes, dicen más que mil palabras y los mensajes se envían en códigos que demandan ser descifrados e interpretados de manera especial, más aún cuando sus contenidos trascienden en la vida republicana.

Es el caso del reciente evento en que se celebró el 106 aniversario de la Constitución, en un primer momento los poderes Legislativo y Judicial fueron tratados de forma despectiva al ubicarlos lejos del presidente, con lo que, de facto, se les negó el trato que sus investiduras merecen. A efecto de respuesta no esperada, la presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación respondió con la misma tonada al no levantarse de su asiento a la llegada del jefe del Ejecutivo, algo inédito y jamás esperado que, sin duda, obligará al presidente a reconsiderar sus constantes juicios de valor sobre el Poder Judicial.

Por fin, alguien se atrevió a responder los misiles del Ejecutivo.

Las opiniones vertidas en este texto son responsabilidad única y exclusiva del autor o autora.


Notas relacionadas