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Peripecias de un peregrino


Dr. José María Chávez Peña / Asesor legislativo/Senado de la República

En el Estado mexicano de Jalisco existen importantes santuarios religiosos como San Juan de los Lagos, Zapopan y Talpa a donde cada año acuden miles de fieles de todo el país y algunos del extranjero. En lo que a este artículo importa, “Talpa” es la cabecera municipal del municipio de Talpa de Allende; su nombre proviene del náhuatl y significa “sobre la tierra”.

En 1599 los conquistadores españoles formaron Santiago de Talpa y en 1885 se le otorgó la categoría de “villa”, para, después, en honor de Ignacio Allende, añadirle “Allende”, quedando como “Villa de Talpa de Allende”. Hoy, Talpa es un pueblo mágico, habiendo recibido dicha denominación conjuntamente con el pueblo de Mascota el 25 de septiembre del 2015.

El municipio de Talpa colinda con los de Puerto Vallarta, Mascota, Cabo Corrientes y con Atenguillo. En Talpa se venera a la Virgen del Rosario, cuyas festividades se celebran el día 2 de febrero, del 11 al 19 de marzo, el 12 de mayo y el 7 de octubre. En esas fechas llegan caminando peregrinos de lugares como Puerto Vallarta, distante a 127 kilómetros, aunque, por la ruta tradicional del peregrino, se recorren solamente 97 kilómetros en dos días.

Es el caso que quien esto escribe aceptó la retadora invitación del buen Fernando y de mis primos, Abel, Antonio y “Chame” a sumarme a la caminata a Talpa, organizada anualmente por los taxistas del Sitio 14 de Puerto Vallarta, para el día dos de mayo de este año. Acompañado de mi esposa y de una fuerte dosis de entusiasmo, emprendí la aventura que por años había pospuesto. El punto de partida fue el Puente del Río Cuale desde donde, en punto de las 05:25 horas, salimos más de setenta peregrinos.

Al margen de los motivos y de la fe, la caminata es tomada, y no por pocos, como un reto atlético para medir fuerzas entre amigos, por lo que se vale presumir según te vaya en ella. Es así que mi primo Toño y yo, seguidos por mi esposa, después de echar nuestros “tiliches” a la camioneta de comedido peregrino y de esperar a Abel que no llegaba, apoyando nuestro peso en un bastón, encabezamos la marcha a eso de las 05 horas con 30 minutos; detrás de nosotros se formó una larga fila india y, serpenteando por las pedregosas orillas del Río Cuale, devastadas por los desbordamientos de sus aguas, entre agitadas respiraciones, bocanadas de aire y de una que otra flatulencia de quien sabe quién, atacamos una empinada cuesta que parecía eterna.

El inicio fue emocionante, la adrenalina hacía su trabajo al igual que las piedras sueltas que al pisarlas doblaban nuestros tobillos. Los perros del caserío, extrañados, ladraban ante nuestros pasos, los gallos aleteaban y cantaban y las aves, ante la tenue aurora, agitaban sus alas y fundían sus trinos acompasando el leve escurrir del Cuale. Algunas mujeres con caras pálidas y desmañanadas, con los cabellos sobre la cara, atisbaban por las ventanas, de donde escurría hasta nuestras narices, no obstante lo temprano del día, el inconfundible olor a café de olla, a huevos estrellados y a frijoles refritos con manteca de cerdo, tal y como se acostumbra por allá.

A lo lejos se escuchaba un rebuzno de algún asno madrugador que, sin duda compungido por lo injusto del croupiere, protestaba al sentirse mancillado; y nosotros, simulando la agitación del jaleo, respirábamos entre cortado platicando de todo y de nada. Toño (El Pozole), que de joven fuera futbolista en los polvorientos llanos del Cuapinole del Pitillal, me adelantaba en la zancada mostrando dotes de buen caminante.

Poco se distinguía todavía, algunos matorrales simulaban formas caprichosas y la bruma del generoso Océano Pacífico, agua salada pulverizada por el azote de las olas en las rocas, empujada por el viento llegaba de allá, de lejos, fundiéndose con el sereno condensado en los árboles y en las plantas empapadas, mojando el suelo de mi querido Vallarta.

Cuántos recuerdos me asaltaron; mi mente recorrió mi infancia cuando muy temprano, más a fuerzas que con ganas, me sumaba a la pesca de arrastre, a la pizca de maíz o de frijol en la parcela familiar. Volteaba y descubría entre brumas las siluetas de mis compañeros de aventura que avanzaban aguerridos, los siempre luchones y devotos taxistas del Sitio 14.

El sol, tímido todavía, mostraba entre los arbustos la brillantez redonda de su cara, sonriente, generosa, pero retadora. Sus incipientes rayos filtraban el polvo danzarín que gravitaba y secaba la boca y los mocos que con fingido disimulo sacábamos con resoplidos o de plano con los dedos.

Después de más de dos horas de empinado caminar escuchamos a nuestras espaldas la voz de Abel, mi primo y hermano menor de Toño. Abel, hombre compacto y ágil, carente de sobrepeso, ex integrante de las fuerzas básicas del Atlas, caminaba como alma que lleva el diablo con la cabeza enfundada en un sombrero de palma de ala ancha al estilo chinaco. Y de ahí caminamos a la par, no sin voltear repetidamente para ver en dónde carajos venía mi esposa.

A eso de las 11 horas del día, después de casi cinco horas de constante caminar, lejos ya de Vallarta, cuando los pies pesaban, las ampollas brotaban y el calzado lastimaba, llegamos a la ranchería el “Jorullo” donde almorzamos. Ahí conocí al Kalimán, hombre franco, sencillo y de oficio plomero, practicante de baloncesto, alto, de tez blanca y boca chimuela, famoso por un chusco incidente con un jumento que, ante el dicho de su voz en cuello de “ustedes gustan” y bajarse los pantalones para hacer lo propio, dicho atrevido animal, aceptando su sugerencia y a tres metros de su espalda, con tremendo rebuzno desplegó en todo su tamaño la generosa proporción que Dios le dio. ¡Vaya susto que hasta el copro puntero a su lugar regresó! No quiso el buen Kalimán terminar como mariposa en alfiler.

En el Jorullo también conocí “Al Naranjo”, hombre amable, amante de Sileno, de Dionisio y de Ninkasi y del poco caminar. Cuentan de él quienes más conocen que pese a su generosa barriga y a sus más de 120 kilos, mete goles de chilena y que pocos lo pasan jugando al futbol, lo que creo sin dudar como también creo que obliga a trabajar horas extras a los productores de cerveza.

También vi a quien después supe era Miguel Ángel Huerta, un viejo compañero con quien conviví a principios de los años ochenta, junto con “El Goris, “El Nacho” y “El Justi” y muchos más jóvenes soñadores, en la “Casa del Estudiante Vallartense”, ubicada en la calle Chiapas de la Colonia Roma de la Ciudad de México. Recuerdos y más recuerdos, algunos tristes y otros no, pero al fin recuerdos de hechos que construyen historias.

Terminando de almorzar en El Jorullo reiniciamos la marcha pasando por “El Nogal” y, después de varias horas, llegamos a la Cruz de Ignacio. El objetivo era llegar a Barandillas a comer, por lo que, intentando ahorrar tiempo y energías, tomamos un atajo llamado “Cola de Ratón”, sendero de brechas estrechas y barrancos empinados, donde las hojas secas de encinos y pináceas forman una peligrosa y resbaladiza capa.

Algunos compañeros conocedores del lugar tomaban de los arbustos frutos endémicos llamados limoncillos y otros parecidos a las uvas, pero un poco más pequeños y de color más intenso. En este sendero comprobé la generosidad de la tierra y los destrozos que suele causar la irresponsabilidad del hombre con la naturaleza.

Entrando en “Cola de Ratón” manteníamos un grupo compacto, pero, al poco caminar, algunos compañeros apresuraron su paso. Abel, Toño, un guía y yo quedamos a la retaguardia esperando a Miguel, al Naranjo y a un compañero taxista de nombre Juan. Caminábamos no más treinta metros y nos deteníamos a esperarlos y escuchábamos que resoplaban y maldecían extenuados. Cuenta el Naranjo que Miguel, en un momento dado, se rindió por el cansancio y le pidió que lo dejaran, que se marcharan, sin embargo, sacando fuerzas del miedo de quedarse solo en la montaña continuó.

Nuestro guía por Cola de Ratón era un hombre de no más de 55 años, de pelo y bigote medio cano, hombre de rancho que calzaba huaraches nuevos de correas, al que jamás le vi muestras de cansancio ni le escuché respiración agitada. En algún momento de nuestra marcha, casi al final de Cola de Ratón, llegamos a las “Las Cruces”.

Ahí, en ese lugar, bajo inmensos y generosos árboles, había un surtido de cruces enclavadas en el suelo semejando un cementerio, éstas son depositadas por los peregrinos en honor de sus compañeros fallecidos. Cuentan que las almas de los peregrinos difuntos acompañan a los vivos hasta el templo de la Virgen de Talpa. Ahí Miguel se burló de Toño al decirle que tenía calambres porque lo “hacía de pie”, a lo que Toño contestó que “echaba tres y guardaba dos para el que no le creyera”. ¿Usted le cree? ¡Simples alardes de soldado caído!

Bajando de Las Cruces llegamos por fin a Barandillas y, poco después, vimos llegar a mi prima “Chame” junto con su amiga, mujeres que no tomaron el famoso “atajo” Cola de Ratón pero que llegaron casi al tiempo que nosotros. En Barandillas comimos y tomamos un descanso de no más de treinta minutos, ahí aprendí el truco de poner plantillas de toallas femeninas al calzado para evitar las ampollas, sin embargo, el daño ya estaba hecho y yo pagaba el costo de la novatez, mis pies estaban llenos de ampollas y mis uñas dolían tanto que casi no podía caminar. Mi primo Toño, en cambio, con cara fruncida y visibles muestras de dolor, atormentado por los calambres, decidió no caminar y abordar una camioneta hasta la siguiente meta, Zapotán, ranchito de tres casas donde nació y vivió mi madre.

Llegar a Zapotán fue una bendición, ahí esperamos a los rezagados, entre los que venían Toño y mi esposa, que habían subido a una camioneta, tomamos café de olla y cenamos quesadillas preparadas por doña Pachita, mujer de avanzada edad de asombrosa vitalidad, lejana pariente nuestra que ha vivido en Zapotán por siempre. Una vez armada la casa de campaña e inflado el colchón, mis primos y yo nos enfrascamos en una discusión sobre el mundo de la política, para lo que Toño, recuperado de los calambres por “hacerlo de pie y que guarda dos para el que no le crea”, se declaraba abierto y fiel partidario del “Peje”.

Superadas las discusiones de aquel “congreso” improvisado, los compañeros peregrinos, Cándido Alcantar Meza, excelente guitarrista; su esposa, María Elena Zúñiga, de voz suave, timbrada y muy entonada, y los hermanos Luis Alfredo Zúñiga y Juan Zúñiga, expertos ejecutantes del tololoche y la armónica, con particular entusiasmo y a la luz de las estrellas entonaron el Corrido del Borrego que, siendo de su autoría, narra un hecho chusco pero de cimiente real en la inseguridad en que como país estamos sumergidos desde hace años.

Cuentan en el corrido que, en su calidad de músicos, famosos por aquellos orientes, en una ocasión caminando de Barandillas a Zapotán, dispersados y separados entre ellos por varios kilómetros, al más rezagado lo alcanzó una camioneta lobo de color negro, de donde tipos con cara de pocos amigos le preguntan con voz de trueno ¿Dónde están los músicos? El interpelado pensó que era un “levantón”, práctica muy común, según me cuentan, por aquellos senderos de Dios.

Por ello, temblando como pollito, solamente atinó a decir que los músicos iban adelante para lo que la camioneta arrancó en su búsqueda, y él, sin poder comunicarse con sus compañeros, pues ahí no existe forma o manera de hacerlo, solo desesperaba y sufría. Después supieron que los buscaban para llevarle serenata de cumpleaños a la mamá de uno de los que venían en la camioneta y, así, con mucha imaginación y buen humor nació el corrido del borrego.

Recuerdo que también nuestros compañeros músicos interpretaron canciones cuamileras como “Las isabeles”, “Paloma mensajera” y esa que dice: “…que bonita se veía el agua cuando yo la empecé a besar..”; y yo, ante el público que me aclamaba, no me puede resistir y me reventé un palomazo con “Sonora y sus ojos negros”.

Sería la magia del ambiente en medio de la nada, el oxígeno de la Sierra Madre Occidental, pero en ese momento sentí que esas canciones eran las más hermosas que jamás había escuchado en mi vida, y que aquellos músicos, sencillos y con instrumentos tan básicos, eran verdaderos prodigios. Si en alguna ocasión la vida les da la oportunidad de vagar por aquellos rumbos, búsquelos, son garantía de música sana y limpia, de esa que llega al alma y que jamás se olvida.

A instancia y regaño de la aguafiestas de Chame, porque disque no podía dormir pues los músicos ocupaban su espacio, se dio por terminada la tertulia no sin antes de complacerla con su canción “Paloma mensajera”. Así, dado el regaño, la hora que era y a que a las cinco de la mañana continuaríamos la caminata, cada quien con su cada quien se fue a dormir. Despertamos a las cinco de la mañana casi congelados y rápidamente, desmontando la casa de campaña, emprendimos la marcha con la intención de llegar a desayunar en Cuapipinqui.

Cuapipinqui es un ranchito de dos casas de una sola familia, una que habitan y otra que usan como almacén y donde hay un baño. Vale decir que por gritos de mi esposa que “no encontraba el camino”, que se bifurcaba serpenteante en la montaña, tuve que esperarla y me retrasé de Abel y de Toño, ya recuperado de sus calambres, por lo que cuando llegué a este lugar los encontré tomando café de olla y comiendo tortillas hechas a mano por la esposa del “Güero”, hombre alto, de mirada desconfiada, pero atento y dispuesto a apoyar, de barba descuidada, desfajado, con tipo de no haberse bañado por dos semanas y siempre portando un machete de gancho.

En este lugar, sentados en una pila de troncos de árboles recientemente cortados, tan pronto dimos cuenta del desayuno y ventilamos un poco los pies, emprendimos la marcha hacia la cumbre del Cerro del Cabro. En este trayecto, desde las alturas, veíamos a Nuevo Vallarta.

Llegar de Cuapipinqui a la cumbre del Cerro del Cabro no es cosa fácil, me atrevo a asegurar que no cualquiera lo logra de corrido y sin descansos intercalados. El trayecto consiste en una pendiente de treinta grados alargada por doce o catorce kilómetros, que se complica por un grueso colchón de polvo fino que se filtra en el calzado y complica la respiración.

En este camino tomamos agua de un manantial que sale de la montaña y con tristeza observé envolturas y botellas de plástico diseminadas por doquier; hectáreas de tierra sin árboles, mudas víctimas de la tala ilegal e incendios inducidos; y noté la ausencia escandalosa de autoridad, ni federal, ni estatal ni municipal, por lo que los taladores actúan libremente y con total impunidad. Parece que las autoridades ignoran que el cuidado al medio ambiente, conforme a la fracción XXIX-G del artículo 73 constitucional, es materia concurrente.

Solo para recordar, pues no es tema central de este opúsculo, el derecho al medio ambiente sano fue reconocido como derecho humano fundamental por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en su Resolución 48/13 del 8 de octubre de 2021. Para este caso se reafirmó que todos los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes y que están relacionados entre sí.

Así, el Consejo consideró los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, respecto a que la erradicación de la pobreza es el mayor desafío mundial y requisito indispensable para el desarrollo sostenible, así como lograr el desarrollo sostenible en las dimensiones económica, social y ambiental de forma equilibrada e integrada.

En la dimensión ambiental se reconoció que los ODS y la protección del medio ambiente, incluidos los ecosistemas, contribuyen al bienestar humano y al disfrute de los derechos humanos a la vida, al más alto nivel posible de salud física y mental, a un nivel de vida adecuado, a una alimentación adecuada, a la vivienda, al agua potable y el saneamiento y a la participación en la vida cultural, para las generaciones presentes y futuras. Sin embargo, nuestras autoridades, ignorando de plano lo dispuesto, permanecen mudas ante el daño que organizaciones de todo tipo cometen en la Sierra Madre Occidental. El medio ambiente importa y mucho, sin embargo, todo parece contubernio, pues para las autoridades, según pude constatar, todo esto es irrelevante.

Concluyendo la digresión anterior, superada la cumbre del Cerro del Cabro tomamos un atajo de pronunciada pendiente hacia la Hacienda de Camao, vieja y extensa finca de ladrillo rojo y teja. Su piso era de ladrillo y contaba con un tejabán, bajo el que comimos un exquisito caldo de carne. Ahí estuvimos poco menos de cuarenta minutos, y donde Abel, por fin, se quitó una molesta tobillera, motivo de constantes y reiteradas quejas.

Salimos de Camao por veredas de campo travieso que pasaban por corrales donde pastaban cientos de reses finas. Creyendo seguramente que las alimentaríamos, como bólidos las reses avanzaron hacia nosotros, que estábamos listos para correr sin importar el cansancio ni las ampollas. Toros mal encarados, de enormes jorobas y orejas colgantes, con pasos alentados por sus testículos que colgaban y enredaban y maneaban sus patas, seguían nuestros pasos con ojos fríamente inexpresivos. Las vacas y los becerros sigilosamente se refugiaban tras las murallas formadas por los enormes toros.

El siguiente objetivo por lograr era llegar al pueblo de Cabos. De Camao a Cabos algo extraño pasó pues Toño, “el que guardaba dos para el que no le creyera”, recordando sus años mozos caminaba frenéticamente al grado de adelantarnos poco más de cien metros, hasta que fue frenado por un ato de ganado arriado por dos vaqueros. Estos dos vaqueros, montando un alazán pura sangre y un criollito bayo, con el grito de “arreeee”, “arreeee vacaaa”, “ajúuuaaa vaca” y “ajúuuuaa”, y escuchando música de Vicente Fernández que salía de aparado atado al fuste del imponente alazán, nos hicieron compañía y nosotros a ellos casi hasta la entrada a Cabos. Avistado el pueblo y teniendo vía despejada, Toño emprendió frenética caminata como alma que persigue el diablo y se fue derechito a hidratarse a un depósito de “chelas”. Por fin comprendí la razón de su frenético caminar, quería hidratarse.

En Cabos llegamos a una casona típica de rancho, con patio y traspatio, propiedad de unos parientes de mis primos con los que previamente se había acordado nuestra llegada. Por fin pudimos darnos un baño y descansar en un cómodo y agradable colchón y sábanas limpias y tibias, porque he de decir que Abel reservó para mí y mi esposa una recámara sola. Tomamos un baño y salimos al pueblo donde comimos un pozole estilo Jalisco y unas gorditas. Y a dormir para recuperar fuerzas para el último tirón.

A las cinco de la mañana del día siguiente salimos hacia Talpa que, decían, llegaríamos en tres horas; sin embargo, dado al alto que hicimos en un pueblo previo a Talpa llamado Ocotes, donde desayunamos unos sanwiches y esperamos a los rezagados, de Cabos a la entrada de la Basílica del Rosario hicimos poco menos de cinco horas a buen ritmo. A la entrada de la Basílica nos reagrupamos y, lógico, tomamos ricos tejuinos, bebida de maíz fermentado endulzado con piloncillo también llamado panocha, que algunas lenguas viperinas dicen: “panochambear”

La Basílica del Rosario se construyó en 1782, es de estilo churrigueresco y gótico, tiene un amplio atrio donde se depositan ofrendas florales cuando ya no caben en su interior. En este atrio los peregrinos se reúnen para tomarse la foto del recuerdo y entrar en bloque a la Basílica, tal como los hicimos nosotros. A la entrada se encuentran mariachis que, a solicitud de los grupos de peregrinos, los acompañan a cantar alabanzas a la Virgen. En nuestro caso, dado que nos acompañaba Juan Zúñiga, excelente cantante y músico, él fue el responsable de echar la voz en pecho con dos melodías alusivas a la Virgen.

Después, en silencio y con la sonrisa en los labios, satisfechos y ya mucho menos adoloridos, dimos por terminada nuestra aventura y salimos a comer una deliciosa birria, en donde Abel, presumido, dijo que en el último trecho “apretó, a lo que Kalimán y yo contestamos que ni cuenta nos dimos. La aventura me costó perder cinco kilos, dos uñas del pie izquierdo y una del derecho, pero estoy listo para el próximo año si los camaradas del Sitio 14 me permiten sumarme a su aventura. Gracias.


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