Ángel Medina Luna
De las tres a las cinco de la tarde son horas placenteras para los siete mil trabajadores de la Cámara de Diputados. Se aparca el trabajo. ¡Es tiempo de comer! De disfrutar aromas, sabores, texturas, formas visuales, delicias… Todas esas cosas que extrañan los que se van.
“Más cornadas da el hambre”, escribió Luis Spota. No las padecen las y los trabajadores del palacio, porque la fortuna les regala una diversidad de alternativas que apapachan el corazón (el dicho, sentencia: “barriga llena, corazón contento”). Para todos los gustos, los paladares, los bolsillos, es variada la oferta gastronómica, alrededor del palacio.
Puestos callejeros, cafeterías, restaurantes, seducen a los del barrio de San Lázaro, con tacos, pozole, birria, cocteles de frutas, guisados, postres… “¡Me comería toda la tierra; me bebería todo el mar!”, resumió Pablo Neruda.
Tan famosos como los futbolistas, en México son muy populares los tacos, especialmente los “tacos de canasta”. Son parte de los “antojitos” mexicanos. Representan una rica tradición culinaria. Además, son un medio de subsistencia para muchas familias del país, donde hay explosión de empleo informal. Parte de la población se dedica a prepararlos y venderlos.

Los tacos de canasta no podían faltar en el barrio de San Lázaro, son parte esencial del paisaje urbano y uno de los platillos más queridos de los trabajadores. Deliciosos y económicos bocados para saciar el hambre más feroz.
Con bastantes seguidores, porque son conocidos como una opción muy económica, perfecta para cualquier momento del día, especialmente en horas hambrientas, un hambre de pavor.
Vamos a entrarle a los tacos. En la mera esquina de Curtidurías y Emiliano Zapata, destaca el puesto de Araceli. Bajo una sombrilla de colores, atiende su pequeño negocio familiar. Sobre la mesa destaca una tradicional gran canasta de palma, forrada con un mantel y papel para mantener calientitos los tacos que la colman. Tacos de diferentes guisados: frijolitos refritos, papa, chicharrón prensado, mole verde y mole rojo. Y bañados en aceite.
A un lado, dos cubetas con salsas picantes. En una, la salsa verde, hecha con tomates. En la otra, la salsa roja, elaborada con coloridos jitomates. Éstas no deben faltar porque realzan más el sabor. Precavidos, algunos clientes preguntan: ¿cuál pica menos?
A las 15 horas, los comensales están hambrientos, ya casi mirando estrellitas. Ansiosos se acercan al puesto de Araceli. “¡Tres de papa pa´empezar!”, piden. ¿Para llevar o comer aquí?, interroga la dueña del puesto. Diligente, los acomoda envueltos en papel de estraza. Este método es práctico, permite mantener los tacos calientitos y conservar su sabor, mientras llegan a la oficina (para quienes gustan comer dentro del lugar de trabajo, cómodamente sentados). Porque en la calle, es comer de pie y en platos de plástico.
“¡Tres de frijoles, pa´acabar!”, pidió otro cliente. Araceli ofrece una comida rápida y sabrosa a trabajadores, estudiantes y cualquier persona que busca un bocado rápido y accesible, porque cada taco de canasta vale únicamente ocho pesos.
En la cultura popular de las mayorías, los tacos de canasta son más que comida. Es una experiencia gustativa que representa el ingenio de las y los mexicanos: hacer mucho, con poco.
Y si se acompañan con un refresco bien frío, pues ¡a todo dar!
El Mercado de San Juan en el Centro Histórico de la Ciudad de México (Eje Central y Arcos de Belén) es famoso por la calidad de las carnes que vende. Desde carne de res hasta exóticas: venado, cocodrilo, jabalí, león, armadillo, iguana, avestruz, búfalo, codorniz. Incluso productos de la comida prehispánica: escamoles, chapulines, hormigas, gusanos de maguey… Es un paraíso para chefs y amantes de los sabores.
Pues desde el Mercado de San Juan, a las nueve de la mañana, llega el pedido de carnes a la esquina de Emiliano Zapata y calle Tapicerías. Ahí está el puesto de tacos de don Pedro.

La taquiza es de lunes a viertes (hasta las cinco de la tarde). Guisa en vaporoso aceite, cortes de incitantes carnes que emanan aromático sabor. Se hace agua la boca, ante tan suave manjar.
Atento a la plancha metálica, don Pedro se afana en la cocción de la carne, bañada en aceite, cocinándola lentamente para volverla suave y jugosa, acompañada de aromáticas cebollitas de cambray, cebolla picada, sal, cilantro.
La crujiente carne está en su punto. Hay que llegarle a la maciza. Los clientes están listos para clavarle los dientes. Con ganas muerden sus tacos, de tortillas de harina y maíz. Dientes, mandíbulas, lenguas, en acción. El ambiente se impregna del aroma de la carne cocida al fuego.
Jugosa carne del Mercado de San Juan, hecha tacos, que vende don Pedro, en el puesto de la esquina.
A las siete de la mañana todo es trajín en el restaurante Kaffa (calle Tapicerías) para embellecer las mesas, los pisos, y comenzar a preparar los guisos que cada día ofrecen a sus leales clientes, particularmente el pozole que venden únicamente los jueves.
El pozole es un guiso tradicional, desde el mundo prehispánico. Su ingrediente principal es el maíz cacahuazintle, cocinado hasta que los granos “florecen” y se vuelven esponjosos. Era un platillo ritual sagrado para los mexicas. La leyenda cuenta que lo preparaban con carne humana de los prisioneros sacrificados.

Actualmente, son un rotundo éxito “los jueves pozoleros” en el Kaffa. A las tres de la tarde el restaurante se vuelve un bosque aromático. Desde la cocina, las ollas hierven emanando el aroma y sabor del pozole. En las mesas, pequeños recipientes ya están colmados de cebolla finamente picada (que nos hace llorar, sin afligirnos), de mitades de limones y su sabor agridulce, rábanos rebanados, lechuga, orégano molido, las infaltables tostadas y la crema para acompañar este popular guiso.
Olores que como campanas llaman a los comensales. Los jueves de pozole, en el Kaffa, ya son una tradición. Por supuesto, son asiduos invitados los integrantes de la revista Cámara, periodismo legislativo: Aylín, Ricardo, Iván, Jesús…y amigos como “Fer”. Entre sorbos de pozole, aflora la chispeante amistad. El auténtico, espontáneo, afán de socializar.
Para elogiar la amistad, siempre ayuda un clásico como Cicerón: “Paréceme que le quitan al mundo el sol quienes suprimen de la vida la amistad, el mejor y más placentero de cuantos sentimientos nos han sido concedidos por los dioses inmortales”.
En estos tiempos de virtualidad y redes, en que según se tienen mil amigos digitales, es gratificante el jolgorio y la convivencia cara a cara, gozando aromas y sabores de la cocina mexicana que llegan a la mesa. Tan delicioso, que en ese plato se conoce el cielo.
Hay pozole rojo, verde y blanco. Con pollo, maciza y surtida. Plato grande o chico (con precios de 90 y 70 pesos).
También desde las ocho de la mañana hay desayunos a 85 pesos. Huevos al gusto, chilaquiles verdes o rojos, deliciosas enchiladas, sincronizadas, molletes, acompañados de café americano, té, capuchino. Asimismo, una gama de platillos a la carta, con diferentes tarifas.
Llueva, haga calor o frío, de lunes a viernes Jeanne se levanta a las cuatro de la mañana a preparar rápidamente los ocho guisados que vende frente al Palacio de San Lázaro, en la esquina de Emiliano Zapata y Tapicerías, de nueve de la mañana a cinco de la tarde.
Ofrece tortitas de carne en salsa de chile morita, papas gratinadas, rajas con crema, rajas con carne, pechuga empanizada, huevo en salsa verde, cochinita pibil, pechuga con rajas. Cada taco cuesta 25 pesos. La charola de guisado, cincuenta. Se acompañan de salsa verde de chile habanero, salsa roja de chile de árbol.

No faltan las cafeterías y restaurantes más completos. Ofrecen, por qué no, un vinito. La alegría del vino. El vino fluye como el río del tiempo. En el arduo camino de la vida nos prodiga su música y su fuego.
Con el estómago lleno y el corazón contento, las y los trabajadores del palacio, regresan a las actividades laborales cotidianas.
No es glotonería. Son experiencias de vida. Paladear, saborear y comerse la vida a mordiscos.