Trabajo Legislativo / Entrevista


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Francisco Garfias: una vida dedicada al periodismo político


Aída Espinosa Torres

En el legendario Excélsior escribe Francisco Garfias, es la pluma detrás de la columna Arsenal, director del portal del mismo nombre y conductor del programa La manzana de la discordia. Hoy abre las páginas de su trayectoria para mostrar el pulso de una carrera marcada por la crítica política y el debate legislativo.

Su recorrido no comenzó con privilegios: en los años de corresponsalía y colaboración con medios como Radio Educación, Proceso e Imevisión, descubrió la fragilidad del oficio, donde esfuerzo y calidad no siempre se traducen en estabilidad económica.

Lejos de rendirse, Garfias convirtió precariedad en aprendizaje y la incertidumbre en impulso. Hoy, con décadas de experiencia, su voz se ha consolidado como referente en la cobertura política nacional, sin olvidar los años en que la guitarra en el metro de París fue tan necesaria como la pluma frente a la noticia.

Al momento de elegir una carrera profesional, el periodista dudó entre Sociología, Ciencia Política y Periodismo. Finalmente se inclinó por escribir, una decisión acertada que le permitió vivir experiencias que marcaron su vida y adquirir un profundo conocimiento de su campo de trabajo, así como de los personajes que lo habitan.

En la UNAM inició un vuelo que aún no termina. Sus primeros pasos fueron como reportero en Radio Educación, bajo la dirección del hoy senador José Antonio Álvarez Lima. “Ahí hice mis pininos como periodista en la redacción y luego fui evolucionando, hasta que mi inquietud me llevó a pasar un año en París. Interrumpí mis estudios y recorrí España, Francia, Suiza y Gran Bretaña, prácticamente con una mochila a la buena de Dios. Tiempos de aprendizaje y apertura, vivir en otro país abre muchos otros espacios. Una visión diferente. Me regresé a México obligado, no quería hacerlo.

“Cuando tuve la oportunidad regresé a París como corresponsal de Radio Educación. Los 400 dólares de salario resultaban insuficientes. Al mismo tiempo escribía artículos para Proceso, nunca remunerados, y enviaba colaboraciones al canal 13 de Imevisión, que tampoco me pagaron. Para completar mis ingresos, recurrí a la música: tocaba la guitarra en el metro de París. Años de precariedad que fueron una escuela de vida. Me dieron apertura, productividad y lecciones profundas, pese a las dificultades económicas, terminaron por transformarme como persona y periodista”.

¿Como corresponsal, qué temas cubría?

Temas internacionales, obviamente, en aquellos tiempos la deuda externa era importante en México, prácticamente estábamos al borde de la quiebra. Reportaba las negociaciones del Banco de Pagos Internacionales en Suiza, llevaba el seguimiento de los funcionarios que iban para allá, por ejemplo, cuando José Ángel Gurría o cualquier otro secretario de Estado llegaban a Paris. Escribía también sobre la vida en Francia.

En medio de la incertidumbre

¿Cómo se perciben los asuntos nacionales fuera del país?

Hubo dos acontecimientos que marcaron profundamente a México: la nacionalización de la banca, en el gobierno de López Portillo, y después el terremoto de 1985. Fueron tiempos difíciles. El día que me enteré del sismo acababa de asistir a una rueda de prensa del presidente argentino Raúl Alfonsín. Mi oficina se transformó en un centro de enlace: los mexicanos en Francia buscaban noticias de sus familiares en México y viceversa. Gracias al télex, que permanecía conectado mientras otros sistemas habían colapsado, pude recibir y redistribuir información de diarios europeos hacia sus respectivas redacciones, además de atender llamadas nocturnas de quienes desesperadamente querían saber lo ocurrido en la Ciudad de México.

En París incluso circuló el rumor de que Acapulco había desaparecido, lo cual no fue cierto. Esa experiencia me mostró el papel del corresponsal no solo como periodista, sino también como puente humano en medio de la incertidumbre.

¿Cuál considera el momento político más importante?

Recuerdo la primera visita de Erik Honecker, jefe de Estado de Alemania Oriental, a Berlín Occidental, fue un hecho simbólico en plena bipolaridad mundial, lo cual marcó el inicio de la distensión impulsada por el canciller Willy Brandt. También me tocó vivir el bombardeo de Estados Unidos hacia Libia, bajo el régimen de Muammar Gadafi. Intenté entrar al país por Marruecos, la frontera estaba cerrada; en España no había vuelos disponibles y en Italia sí los había, pero fue imposible ingresar.

Pepe Barrenechea me instruyó que debía llegar, aunque fuera “nadando”. Intenté por todos lados, pero fue imposible. No pude entrar, y me quedó esa espinita.

Entrevistas posibles e imposibles…


Entrevisté a Willy Brandt, excanciller de Alemania occidental, a Felipe González, expresidente de España, al presidente francés François Mitterrand y a su canciller Roland Dumas. A Luis Echeverría, lo entrevisté muchas veces, era un personaje que le gustaba viajar a París.

¿Guardó alguna anécdota?

Hubo un encuentro con Porfirio Muñoz Ledo, organizado en un café de París tras la llamada de Fernando Meras desde Madrid. Muñoz Ledo venía de hablar con el embajador Rodolfo González Guevara sobre la formación de una corriente democrática en México y me pidió que no publicara nada. Yo respeté la petición y una semana después, el político se la soltó al Uno más Uno, de Manuel Becerra Acosta. Entonces dije … ¡híjole!, ¡qué gacho!

Ese mismo día me invitó a comer: “para que veas cómo me tratan”. Porfirio, con su carácter megalómano, me llevó —¿a dónde crees? — al restaurante universitario, donde el menú costaba dos francos con 50 centavos. Quería mostrarme el trato que recibía allí. Así era Porfirio.

Entre risas, rememora el reportero: Había “tres imposibles” del PRD; primero, que Pablo Gómez dejara de hablar de sí mismo; segundo, que Heberto Castillo no diera entrevistas y tercero que Porfirio Muñoz Ledo pagara una cuenta.

¿Cómo llegó a cubrir la fuente legislativa?

Siempre me gustó la política, por eso comencé a involucrarme en los trabajos legislativos. Cubrí directamente a la oposición, fui ayudante de Lourdes Galaz, titular del Excélsior en el Senado. En ese tiempo conocí a muchos de los que hoy gobiernan.

En 1996 asumí la titularidad de la cobertura para Excélsior, en un momento crucial: la Gran Comisión, hasta entonces controlada por el PRI, se vio obligada a negociar con el bloque opositor. Este cambio obligó a los distintos partidos políticos a la negociación, lamentablemente hoy no sucede. A la oposición en lugar de integrarla la han aislado.

Por primera vez la oposición logró tener mayoría en el Congreso. Esto obligó al PRI, que no contaba con mayoría de diputados, a negociar con el bloque opositor. Esa circunstancia dio lugar a acuerdos relevantes, como el que estableció que la presidencia de la Mesa Directiva cambiara cada año y fuera ocupada de manera rotativa por representantes de distintos partidos. Hubo intentos posteriores de eliminar esa práctica, pero afortunadamente se mantiene vigente. Para mí fue una etapa muy importante y saludable para el Congreso: se sabía negociar, se respetaba a la oposición y predominaba un espíritu constructivo, muy distinto al clima que se vive ahora.

Candados y tribunas tomadas

¿Otros momentos decisivos?

La toma de posesión de Felipe Calderón fue un episodio particularmente intenso. El salón de sesiones llevaba semanas ocupado por legisladores del PRD. La tribuna permanecía tomada; muchos dormían ahí mismo para mantener la protesta.

En medio de esa tensión, Calderón entró por una puerta lateral. Las demás puertas fueron aseguradas con candados para impedir el acceso. Al final, pese a las manifestaciones y el ambiente hostil, se impuso la civilidad y la ceremonia se consumó. Calderón asumió la presidencia en medio de las protestas.

La oposición nunca lo reconoció como legítimo. De ahí surgió el mote de “espurio”, con el que fue señalado. Andrés Manuel López Obrador sostuvo que se había cometido fraude electoral, nunca lo probó; sin embargo, la idea de un fraude se quedó.

¿Cuál es la diferencia entre el periodismo político actual y el de hace 30 años?

Ahora soy columnista. Mi labor no se limita únicamente a observar la vida parlamentaria: mi columna abarca mucho más de la realidad nacional. Escribo sobre la presidenta, sobre López Obrador y, en general, de todo aquello que tenga incidencia política. Mi trabajo es esencialmente una columna política que busca equilibrar la mirada, señalar lo que está bien y, al mismo tiempo, ejercer una crítica frente al poder. No me veo en el papel de los coristas de la mañanera. Nunca he asistido a una de esas conferencias, ni en las condiciones actuales ni antes.

¿Cómo se construye un discurso opositor desde el periodismo? ¿y qué riesgos enfrenta un periodista que cuestiona al poder?

Construir un discurso no es la misión de un periodista. El periodista está para cuestionar, para señalar lo que no funciona, no para aplaudir. En mi caso, debo confesar que he tenido la libertad de decir lo que pienso.

Claro que existen presiones en los periódicos, que se transmiten desde los concesionarios hacia los periodistas. Aun así, he ejercido mi libertad de expresión, aprendiendo a decir lo mismo sin llegar al extremo, para evitar la censura. La labor del periodista consiste en señalar lo que los gobernantes hacen mal. Como ejemplo, la exclusión de la oposición en la Cámara de Diputados y una reforma electoral que parece orientada a asegurar la permanencia de Morena en el poder, más que a mejorar el sistema.

Me preocupa que podría repetirse lo ocurrido con la reforma judicial, donde prevaleció la voluntad de Morena y quedaron jueces “del acordeón”.

En este sentido ¿cómo hacer reflexionar, sin polarizar, al público lector?

La polarización fue una apuesta de López Obrador, ricos contra pobres. Con ello, la meritocracia quedó relegada y la incondicionalidad pasó a ser el camino para ascender. Esa dinámica trajo consigo un deterioro en el perfil de quienes ocupan cargos de gobierno, muchos de ellos improvisados, lo que ha reducido el nivel del debate en la Cámara de Diputados. Los legisladores actuales poco se parecen a los de antes, vivieron otra realidad, había mayor libertad.

¿Se considera un periodista influyente en el periodismo político?

Decir que soy un periodista influyente sería exagerado. Mi labor consiste en observar con ojo crítico las acciones del gobierno y hablar de ellas; medir cuánto influyen o no, no me corresponde. Sería presuntuoso afirmar que tengo esa influencia.

La prensa escrita tiene un alcance limitado frente a figuras televisivas como López Dóriga o Loret de Mola, quienes llegan a un público más amplio gracias a la pantalla. Los periodistas impresos solo contamos con la pluma, no con la televisión.

¿Periodista que lo haya influido?

Raymundo Riva Palacio, lo conocí en París, cuando trabajaba para Radio Educación, él estaba por Excélsior, era de los periódicos más influyentes, y él me ofrece la corresponsalía, gracias a él me quedé tantos años en París.

¿Tiene algún trabajo que considere significativo dentro de su carrera?

Pues he tenido la satisfacción de obtener dos veces el Premio Nacional de Periodismo por mi labor conjunta, no de una investigación especial o de una nota exclusiva, sino por la labor constante. He tenido trabajos publicados que han hecho ruido, sí, pero algo así que haya causado un terremoto, no.

Prontuario político: Sobre el periodismo…

El periodismo: un instrumento para hacer conciencia entre la gente.

La crítica, punta de lanza para señalar aquello que necesita corregirse.

Como periodista, es fundamental ser honesto con lo que se piensa.

En esta profesión las tentaciones abundan: el chayote existe, y quien quisiera enriquecerse podría hacerlo diciendo lo que otros quieren escuchar.

Fuente legislativa…

Cubrir la fuente legislativa es tomar el pulso de lo que acontece en el país.

La Cámara funciona como un semillero de gobernadores y diplomáticos.

La diplomacia se volvió una recompensa para políticos sin formación, otorgada como pago por servicios prestados.

Panorama actual…

Ante los retrocesos políticos es sorprendente la falta de reacción contundente de la gente. Los sectores humildes están cooptados por los programas sociales.

El gobierno enfrenta serios problemas económicos: falta de liquidez, retrasos en pagos a la burocracia, despidos y reducción de salarios en medios estatales.

 La crisis financiera es la mayor debilidad de Morena, si los programas sociales fallan, su base de apoyo se les viene abajo.

Palabra favorita…

En la política: libertad, emocionalmente: amor, respecto al país: armonía. No la hay.

Francisco Garfias.


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