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En el umbral de las palabras: Roberto Carlos Montero y su viaje literario


Aída Espinosa Torres

Desde la infancia, los libros tienen la capacidad de moldear no sólo el pensamiento, sino también el alma. Para Roberto Carlos Montero, docente, editor y apasionado de las letras, este viaje comenzó leyendo las aventuras de La pequeña Lulú, Batman y Superman. Más que simples historietas, estos “cuentitos” fueron puentes hacia mundos fantásticos. Eran premios ganados por el esfuerzo escolar. Entre cómics y clásicos ilustrados, su padre sembró la semilla de la curiosidad y gusto por la lectura.

En el marco del Día Mundial del Libro, que se celebra el 23 de abril, Montero, licenciado en Lengua y Literatura, y quien, además, está por concluir la maestría en Apreciación y Creación Literaria, nos invita a recorrer las páginas que han dado forma a su vida, desde las lecturas que marcaron su niñez, El lobo estepario, de Hermann Hesse, hasta obras universales como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. 

¿Cómo te acercaste a los libros y a su lectura? y ¿Qué libros te han marcado al paso del tiempo?

Mi interés por la lectura y los libros comenzó leyendo cuentitos o historietas de La pequeña Lulú o Batman, Superman. Mi papá nos premiaba comprándonos cuando salíamos bien en la escuela, pero también nos compraba clásicos ilustrados, era una manera de acercarnos a mis hermanos y a mí a la lectura.

Cuando era niño no podría decir que un autor en específico me hubiese marcado. Lo que sí es que mi papá era un gran lector. Leía de todo: revistas, libros, periódicos y una manera en la que nos acercó a la lectura era comprándonos esos cuentitos que ahora llaman cómics. Ahí adquiríamos todo lo que se puedan imaginar.

Durante mi adolescencia, algunos libros dejaron huellas, entre ellos, El lobo estepario, de Hermann Hesse. Es una lectura con la que seguramente muchos adolescentes se identifican con su protagonista atrapado en una sensación de aislamiento de sentirse diferente. Otro libro: Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, una obra que retrata ese primer amor inolvidable y los amores imposibles que nos marcan para siempre.  

En otro extremo, descubrí al brillante y poco conocido Enrique Jardiel Poncela, cuyas historias surrealistas y llenas de encanto, lejos de la solemnidad, redefinieron mi percepción de la literatura. Los argumentos que escribió para las comedias de Tin Tan o Mauricio Garcés, como Espérame en Siberia, vida mía, me mostraron que el humor y la creatividad también tienen cabida en las letras. 

Don Quijote trasciende el tiempo y el espacio

En la adultez, elegir un solo libro que haya dejado huella se vuelve un reto complejo, pero te hablaré de autores. Uno de los que más admiro es Roberto Arlt, cuya obra más conocida, El juguete rabioso, explora con maestría las profundidades psicológicas de sus personajes, alejándose del costumbrismo predominante de su época.  

Por otro lado, es imposible no mencionar a Gabriel García Márquez y su monumental Cien años de soledad, novela que no sólo transformó la literatura latinoamericana, sino que marcó un antes y un después en la narrativa mundial.  

Y finalmente, para mí, el libro que trasciende el tiempo y el espacio es Don Quijote de la Mancha. Considero que no hay otra obra que iguale su genialidad en cualquier época o lugar. Aunque sería injusto no mencionar a otros grandes nombres como Dostoyevski, Oscar Wilde o Paul Auster, cuyas letras también me han acompañado y transformado a lo largo de los años.  

¿Si tuvieras que contar la historia del mundo a través de la literatura, cuáles serían esos libros?

Es una buena pregunta. La historia del mundo bien podría contarse a través de las novelas, y no necesariamente desde el género histórico. Obras como Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari, nos transportan al esplendor del antiguo Egipto, recreando con detalle un periodo de grandeza. Sin embargo, al aventurarnos en este ejercicio, corremos el riesgo de caer en una narrativa eurocéntrica, asumiendo que la historia global es, en esencia, la historia de Europa, cuando en realidad va mucho más allá.

En México, por ejemplo, contamos con joyas literarias como Tlacaelel: el azteca entre los aztecas, de Antonio Velasco Piña, o Santa Anna, el seductor de la patria, de Enrique Serna, una obra magistral que explora con agudeza la vida de este controvertido personaje. También está Los de abajo, de Mariano Azuela, un retrato de la Revolución Mexicana.
Por otro lado, Benito Pérez Galdós, con sus novelas Fortunata y Jacinta, Misericordia y Tormento, nos ofrece una ventana a la España decimonónica y los comienzos del siglo XX

¿Cómo has percibido la evolución del libro, desde los pergaminos hasta la presentación electrónica?

Es un proceso que, aunque ha sufrido cambios físicos, en esencia no ha cambiado tanto porque desde que se inventaron las formas de los libros actuales, incluso su lectura puede ser más amable. Las hojas se cambian, simulan una especie de tinta, le llaman tinta electrónica, que es más tolerable a la vista. No te cansa, también tiene sus ventajas. Siento que no son tan drásticos los cambios.

¿Por qué es importante la lectura y qué beneficios tiene para el individuo y la sociedad?

No es forzoso que a alguien le guste la lectura, es como si alguien llega y me dice que el buceo es bueno para mi salud, que hará que mis pulmones sean más fuertes y que me dará más energía. A mí no me funciona y nadie habla del problema del buceo en México.

Del mismo modo, no es que las generaciones actuales no lean, sino que su interés muchas veces no coincide con lo que queremos que lean. Obligar a un estudiante de secundaria a abordar textos como El Cantar de los nibelungos, por ejemplo, puede resultar contraproducente, alejándolos de la lectura en lugar de acercarlos.  

El hábito lector debería nacer por contagio, más que por imposición. Si hay libros en casa, si un amigo recomienda una obra apasionante, el gusto por leer puede florecer de manera natural. Sin embargo, este proceso es gradual; textos complejos pueden desalentar a quienes apenas empiezan a explorar este mundo.  

Ahora, quizá el adolescente está leyendo Crepúsculo, o sagas de esa naturaleza. Es válido como un primer acercamiento para quien no tiene el gusto de la lectura, el problema es que te estanques o que sólo leas novelitas mal hechas o los llamados libros de autoayuda, y que en cierta forma no te das la oportunidad de evolucionar.

¿Hay libros buenos y libros malos?

Sí. Estoy convencido de que sí existen libros malos. Aunque algunas personas piensen lo contrario, creo que es precisamente para esto que estudiamos: para desarrollar criterios que nos permitan distinguir la calidad de las obras literarias. Curiosamente, según algunos estudios, los libros “malos” tienen su propia función dentro de la industria editorial. ¿Por qué? Porque suelen ser lecturas ligeras, de fácil acceso, que se convierten en best sellers, y esas ventas son las que sostienen la edición de libros de mayor calidad, aunque se vendan menos.

Ahora bien, ¿cómo definimos la calidad de un libro? Uno de los criterios es su capacidad de interpretación. Para ilustrarlo, usemos este ejemplo: cuando escuchas una canción de reguetón, el mensaje es directo, claro y no da lugar a muchas interpretaciones. Por el contrario, una sinfonía, aunque carezca de letra, despierta diversas emociones, toca fibras más profundas y ofrece múltiples lecturas.  

Esto mismo ocurre con un libro como Don Quijote de la Mancha. No es casualidad que sea la obra más estudiada y referenciada; su universo de interpretaciones es inagotable. Un buen libro no es plano: sus personajes tienen profundidad, evolución y su narrativa abre caminos a reflexiones diversas. Hay criterios objetivos para identificar la calidad literaria, aunque pueda incomodar a algunos. Sí existen libros malos. 

¿Nos podrías recomendar tres libros?

Más que libros, te puedo recomendar autores: Paul Auster, que apenas murió hace un año, que escribió obras como su trilogía de Nueva York, maravillosas novelas. Les recomiendo a Albert Camus, con La peste; uno de mis favoritos es Fiódor Dostoyevski. La novela: El jugador, porque, además, sabe de lo que habla porque tenía problemas con el juego.

¿Cuál libro estás leyendo?

Estoy leyendo a Dostoyevski, sus cuentos completos, es uno de mis ídolos. Es de los libros que tienen que leer.

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