Luz María Mondragón
La historia dejó tejido un hilo entre Miguel Reyes Razo, el poeta Homero y su inmortal obra La Ilíada. “Es una crónica”, concluye el famoso periodista, quien es personaje de la saga, de la estirpe de los grandes cronistas.
La Ilíada, una crónica
“Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes…” Es el comienzo legendario de La Ilíada, narración sobre la guerra de Troya.
La Ilíada, tiene un extenso pasaje célebre: la descripción meticulosa del mítico escudo de Aquiles. Cuenta casi milimétricamente cómo era esta obra de arte forjada por Hefesto. Cosmos de detalles representados en relieve: desde estrellas, personas en diversas escenas, ciudades, hasta ganado mugiendo, acosado por leones. Es la representación visual del mundo griego antiguo. Y Homero la convirtió en palabras.
En entrevista con la revista Cámara, periodismo legislativo, realizada en la Plaza de los Constituyentes, Miguel Reyes Razo se reencontró con aquellos sus años tiernos que describen el despertar de su vocación. Su niñez sigue jugando en su universo profesional.
Muchos años después, aquí en la Cámara de Diputados, el periodista Miguel Reyes Razo recordaría aquella mañana remota cuando su padre Mateo lo deslizó a conocer la crónica, sin saberlo, sin imaginarlo. Y ésa fue la primera de una serie infinita en el arte de contar historias. Con el lápiz del recuerdo dibujó, coloreó, iluminó ese momento:
“Era un niño. Mi papá hacía dulces, trompadas y charamuscas. Un día me dijo: Oye, estás de vacaciones y no te quiero de vago. En realidad, yo no andaba en la vagancia, aunque era un niño tenía que ayudarlo, hacíamos dulces. Me ordenó: Ve a la miscelánea de la esquina, compras un cuaderno del negrito y un lápiz-tinta Mefisto. Quedaba uno con la lengua toda pintarrajeada de tinta. Y te vas al Museo del Chopo, y me cuentas lo que veas. Fui al museo, hice una descripción, un relato, le conté lo que había visto... Fue como en el periodismo, la orden de trabajo que un jefe de información le da al reportero”.
El infinito en un museo. Un viaje por los misterios de El Chopo. Y Miguel Reyes Razo lo convirtió en palabras. Y comenzó a contar historias con aroma a La Ilíada. Crónicas que lo catapultaron a la gloria.
En la saga de los grandes cronistas, el periodismo moderno tiene leyendas como Gay Talese y Tom Wolfe. En el libro “A ustedes les consta. Antología de la crónica en México”, Carlos Monsiváis resumió dos siglos de este género periodístico y literario. Constelación de estrellas como Manuel Payno, Guillermo Prieto, Francisco Zarco, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Salvador Novo y Julio Scherer García. Sin faltar el cronista Miguel Reyes Razo, quien ha aportado nuevas dimensiones a la crónica.
Como aquella mañana remota de enero de 1959, cuando apenas había terminado la secundaria. Armado únicamente de una pluma atómica roja, de un pequeño bloc de notas y de ilusiones, Reyes Razo desembarcó en La Habana para realizar su primera entrevista con la Historia. En el Palacio de los Deportes se encontró con la impresionante figura y verbo del comandante Fidel Castro Ruz, quien junto a Ernesto “Che” Guevara hizo triunfar la revolución cubana. No es invención, este momento estelar quedó atrapado en una fotografía en blanco y negro.
Así comenzó un viaje épico por el periodismo. Aparecerían otros encuentros con Castro Ruz, como esa mañana, 1º diciembre del 2000, aquí en el vestíbulo de la Cámara de Diputados, en la ceremonia de toma de posesión de Vicente Fox, como primer presidente de la alternancia mexicana. Dialogó con la arrolladora personalidad de la leyenda revolucionaria que se enfrentó a Washington.
Como dos guardaespaldas, cada uno al lado de Fidel Castro, Miguel Reyes Razo por el derecho y del izquierdo Rafael Cardona entrevistaban al comandante, mientras caminaba en busca de la escalinata rumbo a los palcos del Salón de Plenos. Plática cálida. El líder de Cuba les regaló una perla: México siempre ha jugado un papel geopolítico fundamental.
Llegarían al vestíbulo del piso superior. El embajador cubano Jorge Bolaños ya esperaba a Fidel Castro. Por cierto, sin imaginar que en mayo de 2004 sería expulsado de México por el gobierno de Vicente Fox.
Jamás olvidado aquel instante cuando Fidel Castro tomó, puso sus manazas en los hombros de Miguel Reyes Razo y Rafael Cardona, mientras caminaban hacia el palco. Y el ingenio de Cardona, al final, exclamaría: “¡Maestro, mal que bien, media hora trajimos a la revolución cubana sobre nuestros hombros!”.
También evocó las dilatadas jornadas de debates en el Salón de Sesiones. El líder Emilio Chuayffet Chemor, acuñó: “¡Jericó!”. Acuerdo para detener el reloj legislativo. Conjuraba la fecha límite, por ejemplo para la aprobación del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF). Encendía el recuerdo bíblico de Josué y la batalla de Jericó, ordenando al Sol: ¡detente!. Así los hebreos vencieron a los filisteos.
Otro recuerdo: “Luis Videgaray Caso llegaba aquí con unos aires. Un día le dije: ¿usted es del Estado de México? Aclaró: “sí, pero de Huixquilucan”, haciendo un ademan con la mano, un gesto de disgusto, como si le agraviaran, le ofendieran. Enfatizó que era de una zona muy exclusiva, como intentando que no lo confundieron con residentes de Ciudad Nezahualcóyotl, por ejemplo. ¡Qué diferente al profesor Carlos Hank González, a quien sí le encantaba lo popular, lo del pueblo!”.
El 31 de octubre de 2013, las y los diputados de los Grupos Parlamentarios inauguraron la Sala de Conferencias Cronista Miguel Reyes Razo. Homenaje al periodista cuyas crónicas políticas, sociales y parlamentarias derribaron muros entre periodismo y literatura.
¿Quién puede presumir el privilegio de tener, en el Palacio Legislativo de San Lázaro, una Sala de Conferencias Cronista Miguel Reyes Razo? ¿Qué se siente?, preguntamos al maestro.
“A mí también me gustaría preguntarle a la doctora Claudia Sheinbaum Pardo: ¿qué se siente ser la primera Presidenta de México? Agustín Lara canta: “al abrazarnos, el mismo cielo se estremeció”. Así se siente, siento muy, muy bonito. Es estimulante, un contento, aunque ya no pudieron verlo mis papás. Sí mi familia y amigos como Jacobo Zabludovsky, mi jefe varios años en el noticiario 24 horas, y mi entrañable amigo hasta su muerte. Agradezco profundamente esta distinción”.
Evocó otra fortuna: el Premio Nacional de Periodismo1979 (categoría crónica), con fundamento en la Ley de Premios, Estímulos y Recompensas Civiles. Entre el jurado: Manuel Buendía y Francisco Martínez de la Vega.
Chispeante, con humor, Miguel Reyes Razo compartió una paradoja: “a veces no me dejan entrar a la Cámara de Diputados. Y ni modo que argumente: ¡oiga déjeme entrar a ver la sala que lleva mi nombre! Sí me da mucho gusto, pero jamás pongo en mis tarjetas: Premio Nacional de Periodismo, ni ando repartiendo fotos de la placa que está aquí en la sala con mi nombre en el Palacio Legislativo”.
Miguel Reyes Razo presagia la deriva, el declive, el futuro incierto de la crónica, que pasó del apogeo a la crisis:
“Hoy languidece. Apena que fenezca. Se le deja extinguir. La nueva generación de reporteros no le presta atención a este género, información exacta, que ubica y lleva al lector al lugar de los hechos, al escenario donde ocurre no sólo la noticia sino donde transcurre la vida. La crónica responde a las claves del periodismo: qué, quién, dónde, cómo, por qué, para qué. La actualidad propina un golpe a la crónica. Quizá la tecnología, como los teléfonos celulares, propicia que los reporteros ya no indagan más, ya no cuentan los detalles.
Se abandona la meticulosidad, la curiosidad, la emoción que anima a la crónica, a contar historias. La crónica es descripción, síntesis, el poder de abarcarlo todo, admirable operación informativa y creativa. Las tonalidades del lenguaje, la imaginación y el rigor periodístico. La crónica es un gran cuento, una bella historia. Hoy, quizá ya no hay tiempo. Para los reporteros pareciera que la orden es: ¡pues … como salga la información!”
Si la crónica languidece, ¿qué hacer para revivirla? Pedimos consejo a la voz de la experiencia, dueño del secreto de este género del periodismo. “¡Hay que hacerla!”, ilustró. Y su infancia apareció otra vez, mostrando la raíz del rigor periodístico que lo ha guiado:
“Cuando era niño, un día mi mamá, doña Eloísa, me dio una olla de peltre toda despostillada y me dijo: ve a comprar el carbón. Escaseaba debido a los efectos de la postguerra, era 1946. A los siete años anduve por las calles de la colonia Anáhuac, donde vivíamos. Regresé sólo con explicaciones: fíjate mamá, que ya fui aquí, allá, en Laguna de Tamiahua el Granito de oro está cerrado, acá en Laguna de San Cristóbal no hay, allá en Laguna de Términos tampoco hay. Con gesto severo me reprendió: Miguel, yo creo que tú no oyes bien; te dije trae el carbón y quiero que traigas el carbón… Éste es el trabajo del reportero, el jefe de información te ordena: quiero la nota, no me digas que no hay nota, tráeme la nota. No valen pretextos”.
Cierto, no podemos quedarnos aplastados por una montaña de imposibles. Doña Eloísa, además de darle las lecciones cotidianas del rigor que sostiene la cultura del esfuerzo, también lo empujó a la literatura, el aire que respiraba cada día. “Desde muy niño, mi mamá me guio a leer a Oscar Wilde (El ruiseñor y la rosa, El príncipe feliz, El gigante egoísta). A Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro. Leía innumerables tomos, por ejemplo, sobre Catalina de Médicis. Un día, Vicente Leñero exclamó: quiero conocer a alguien que haya leído todos los 27 tomos. Yo sí los leí. Los compraba en librerías que vendían libros usados o de segunda mano, en Avenida Hidalgo, en plena Alameda Central”.
Leer ilumina las tinieblas de la ignorancia. Las lecturas vitaminan la crónica, la narración creativa.
“Por ejemplo, con qué gesto, con qué tono se retan las y los diputados. Nuestra herramienta, el mejor instrumento, es la palabra, el lenguaje. Diga lo que quiera, pero dígalo bien. Hoy cualquiera toma el micrófono, opina, emite juicios, pero lo hace en forma tan pobre”, explicó.
Nada de dudar. Rompió lanzas a favor de la crónica:
“La maestra, historiadora y embajadora, Patricia Galeana, dice que los reporteros somos los historiadores de lo cotidiano. Por eso, hay que recuperar la crónica.
“Los reporteros tienen la responsabilidad de hacer renacer la crónica, cultivarla, que tome su lugar como gran género periodístico. Escribir las crónicas que hacen la historia, como Homero en La Ilíada”.