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Celebramos a James Joyce en su 144 aniversario


Aída Espinosa Torres

El Círculo de lectura, organizado por la Junta de Coordinación Política y las secretarías General y de Servicios Administrativos y Financieros, a través del Espacio Cultural San Lázaro del Palacio Legislativo, esta vez estuvo dedicado a James Joyce, el flujo de la conciencia y el devenir de su lenguaje, a cargo del poeta Carlos Ramírez Kobra.

Durante la sesión, el doctor Elías Robles Andrade, director de Espacio Cultural San Lázaro, dijo que en este 2026 se cumplen 144 años del natalicio de James Augustine Aloysius Joyce, escritor irlandés precursor del modernismo literario, quien falleció a los 58 años por una úlcera.

Destacó que Dublineses, Retrato del artista adolescente, Ulises y Finnegans wake, entre otros títulos, son los mejores ejemplos de la narrativa de Joyce.


Abundó que fue considerado un precursor del modernismo literario, por su técnica de flujo de conciencia, la experimentación lingüística y esa capacidad para capturar la complejidad de la existencia y la experiencia humana.

Carlos Ramírez Kobra —escritor, publicista y artista transmedia— comentó en su ponencia que James Joyce tenía una visión radical de la literatura y del lenguaje. Esta reflexión fue retomada en la entrevista que le realizó la revista Cámara, donde profundizó en cómo esa radicalidad influye aún en la literatura contemporánea.

¿Qué es lo que hace única a la estructura y estilo de Joyce?

Es la visión que tiene del propio lenguaje. A él no le importa exactamente la narración, sino la experiencia que se puede tener en el mismo, digamos, relato.

Los pensamientos que emergen no necesariamente corresponden a algo cotidiano; más bien, en la mente del protagonista, o incluso del escenario concebido como sujeto dentro de la obra literaria, se despliega una infinidad de sucesos simultáneos.

Eso provoca que el lenguaje se perciba fragmentado, sin conexiones lineales, con repeticiones y un vaivén que invita precisamente a la experiencia: a no comprender del todo lo que se lee, a regresar sobre el texto y releerlo, a enfrentarse con la ausencia de puntos y de puntuación.

Ese retorno constante abre la posibilidad de captar el tono que quizá debió tener el personaje. Me parece que son esas formulaciones las que les otorgan su carácter distintivo.

Personalmente, ¿cómo definirías el flujo de la conciencia?

Considero que ellos no lograron completar esa tarea; me parece algo titánico, pero más bien se trata de los cuestionamientos que cada autor y autora dejan abiertos. Es, en esencia, pensar cómo entendemos la realidad y cuáles son las interpretaciones que construimos a partir de nuestras propias lecturas literarias.

Existe una parte de la conciencia que apenas comprendemos: la ensoñación. No tenemos un entendimiento completo de esa dimensión, pero sí podemos experimentarla y reconocer que existe. Al vivir un sueño entendemos que fluye, que se manifiesta y funciona de maneras particulares. Del mismo modo, el lenguaje y el pensamiento nos permiten divagar: hablar de una cosa y pasar de pronto a otra. Al final, todo esto no sigue un curso lineal.

¿Qué temas le importan a Joyce, además de la experimentación del lenguaje y la conciencia?

La confrontación. Joyce viene de una familia católica donde hay una educación jerárquica. Del otro lado se enfrenta a una transformación radical de lo que son los principios del principio de los del siglo XX.

No todo el modernismo ni todas las vanguardias que van surgiendo y rompiendo con lo anterior representan, en sí mismas, un quiebre absoluto. Más bien, son realidades diversas que conviven de manera abrupta y compleja.

¿De qué manera la obra de James Joyce ha marcado tu propio trabajo, tu quehacer creativo?

Me resulta muy divertido cómo Joyce maneja el lenguaje. Encuentro también una cercanía con el colectivo Oulipo y sus llamadas ‘trabas’: reglas que determinan la creación de las obras, como escribir un texto que excluya cierta letra. Son esas limitaciones las que permiten concebir nuevas formas literarias.

Al contrario, Joyce no estableció reglas explícitas de ese tipo; más bien generó una visión amplia de su obra y, a partir de ella, construyó un universo que se rige por sus propias leyes internas.

Mi obra intentó justamente que haya esa presencia de esas reglas. Tengo una obra que se llama Dios un Píxel. Justamente, esa visión apunta a la omnipresencia digital: en su mínima expresión visual es un píxel, que a su vez está ligado a los algoritmos, a su omnipresencia y a la gran mentira de nuestra era: “He leído y acepto los términos y condiciones de uso”. En esa perspectiva se configura un horizonte, un espacio desde el cual he generado mi propia propuesta.

Se trata de reglas en las que distintos lenguajes —el sonido, la imagen, el GIF, la programación— entran en comunicación constante, en un diálogo continuo que refleja los hábitos de consumo actuales. Ese flujo de lenguajes puede transformarse en un flujo intermedial, transmedial.

¿Por qué crees que Finnegans Wake tardó tanto en ser traducido al español? ¿Qué papel jugó la dificultad de la obra?

En principio, hay que decir que toda traducción tiene una pérdida o una ganancia, incluso puede ser una aportación editorial, ya depende de cómo se vea.

Por otro lado, me parece que esta obra no fue concebida con la intención de traducirse a múltiples idiomas, porque en cierto sentido ya está escrita en varios idiomas. Más bien busca que quien la lea se desplace 

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