Harumi Moreno Flores
En un país donde las cifras sobre desapariciones crecen y se repiten en titulares, pocas veces el cine logra detenerse en lo esencial: el rostro humano detrás del número. Ruido, dirigida por Natalia Beristáin y disponible en Netflix, no pretende ofrecer respuestas judiciales ni reconstrucciones detectivescas; su apuesta es más íntima y, por ello, más devastadora.
La historia sigue a Julia, interpretada por Julieta Egurrola, una artista cuya hija desapareció meses atrás. Desde ese punto de partida, la película se convierte en un recorrido emocional por oficinas gubernamentales, carreteras polvorientas y encuentros con colectivos de madres buscadoras. La desaparición no es aquí un detonante de acción trepidante, sino un estado permanente de incertidumbre.
Lo más significativo es que Ruido se aleja del sensacionalismo. No hay escenas diseñadas para impactar desde la violencia explícita; el dolor se construye desde la ausencia, desde el silencio que invade la vida cotidiana. El título funciona como metáfora del entorno social: declaraciones oficiales, noticias constantes sobre el mismo tema, cifras que saturan el espacio público hasta convertir la tragedia en fondo sonoro. En medio de ese “ruido”, la voz de las víctimas lucha por no apagarse.
La actuación de Julieta Egurrola es el corazón del filme. Su interpretación se sostiene en la contención: miradas perdidas, respiraciones profundas, un cuerpo que parece cargar un peso invisible. A su lado, Teresa Ruiz encarna a una periodista que acompaña la búsqueda; aporta una perspectiva externa que agranda el conflicto hacia lo colectivo y social.
Los personajes institucionales no se presentan como villanos evidentes; más bien, reflejan una maquinaria burocrática lenta y fragmentada. Esa elección narrativa vuelve la historia más inquietante, porque la indiferencia no se percibe como excepción, sino como rutina.
Visualmente, la película apuesta por una estética austera: encuadres cerrados y tonos apagados que transmiten encierro emocional. El ritmo pausado puede resultar exigente para algunos espectadores, pero es coherente con la experiencia de espera interminable que atraviesa la protagonista.
Ruido no es una película cómoda. Es una obra que interpela, que obliga a mirar una realidad dolorosa sin filtros ni exageraciones. Más que un relato de denuncia es un retrato humano de la persistencia y del amor que se niega a rendirse ante la ausencia. En ese sentido, logra transformar una problemática estructural en una experiencia profundamente íntima y conmovedora.
(2022) México
DIRECCIÓN Natalia Beristáin
GUION Natalia Beristáin, Diego Enrique Osorno y Alo Valenzuela Escobedo
MÚSICA Pablo Chemor
FOTOGRAFÍA Dariela Ludlow
REPARTO Julieta Egurrola, Teresa Ruiz, Arturo Beristáin, Adrián Vázquez, Erick Israel Consuelo, Gabriela Núñez, Nicolasa Ortiz Monasterio, Alphonso Escobedo.