Empecemos por la trama. Manitas del Monte (sic) es un narcotraficante mexicano, líder de un poderoso cártel. A su mediana edad, casado y con dos hijos, decide llevar a cabo su gran deseo: ser mujer. Contrata a una abogada frustrada para que se encargue de todo: conseguirle las cirugías, fingir su muerte y reubicar a su familia. Esto es sólo la premisa. Cuatro años después, ahora convertido en Emilia Pérez, busca de nuevo a la abogada porque quiere volver a estar con sus hijos. Finge ser prima del difunto Manitas y rehace una vida con sus hijos y su esposa, quienes no lo reconocen. Conmovida por el drama de los desaparecidos por el narco en México, Emilia ahora lanza una fundación para apoyar esa causa. En el camino se enamora de una mujer que perdió a su esposo maltratador, con la que encuentra el amor. Sin embargo, los acontecimientos harán que Emilia pase de ser heroína a ser víctima, lo cual es todavía más «heroico». Por cierto, esto es un musical.
En el Taller de lectura impulsado por el diputado Ricardo Monreal, como coordinador del Grupo Parlamentario de Morena, se realiza un recorrido entre las obras clásicas de la historia y la política, tanto universal como de México. El objetivo es crear un círculo de estudio donde se intercambien ideas y discutan planteamientos de los autores, lo que redundará en favor de los participantes.
De chile, de mole o de dulce es la oferta de los pequeños puestos ambulantes de tamales, apostados en cualquier esquina o en los alrededores de alguna estación del metro donde se expenden “para llevar o para ir comiendo” y saborear un champurrado humeante que suele ser el desayuno para muchos trabajadores que salen muy temprano a la fábrica o la oficina a cumplir con su diaria rutina laboral, y si en un día normal en la Ciudad de México se elaboran unos dos millones de tamales, en el Día de la Candelaria se consumirá el doble.
El centro de la Iglesia católica, con sus tradiciones multiseculares, ritos en latín y ropajes llamativos y uniformes, es una fuente atractiva para las narrativas audiovisuales. Más aún si va con elementos intrigantes de búsquedas de poder, como suele mostrarse desde Hollywood en las últimas décadas. Lo hemos visto, con distintos grados de fantasía, desde El Padrino III hasta El Código da Vinci. Cosa distinta hizo el director brasileño Fernando Meirelles en Los dos Papas, donde si bien con cierta caricaturización de los rasgos de Benedicto XVI y Francisco —inevitable al resumir dos perfiles humanos en un par de horas de película— logró un retrato muy humano de las máximas autoridades de la Iglesia, sin ser una película confesional ni mucho menos, más bien lo contrario. Pero era honesta. Cónclave, en cambio, cae en la ficción fantasiosa llena de todos los tópicos que uno podría esperar de una trama de intrigas vaticanas.